domingo, 10 de julio de 2011

GESTOS INFANTILES

La semana pasada fui a ver la exposición de Antonio López que se acababa de inaugurar en el Museo Thyssen. Se podría comentar –y supongo que se estará haciendo- mucho sobre ella; en mi línea, me limitaré a destacar un detalle mínimo que atrajo de forma poderosa mi atención: la capacidad del artista para captar en una escultura uno de los gestos infantiles que más me gustan. La escultura en cuestión se titula “María de pie”, y es una escayola del año 1963 en la que Antonio López representa en tamaño natural a una de sus hijas de corta edad, con ese encantador gesto que comparten todos los seres pequeñitos de alzar la cabeza desde su mínima estatura para escrutar el mundo de los adultos.

En mi trabajo convivo a diario con niños que están en trance de dejar de serlo; con frecuencia, en unos simples meses, observo cómo las actitudes y expresiones de la infancia van siendo sustituidas por otras de pequeño adulto. Es, literalmente, como si la niñez se batiera en retirada delante de mis ojos durante ese primer curso de instituto. Quizá por eso, y por mi amor hacia los seres menudos e inocentes, siento especial debilidad por determinados gestos que caracterizan nuestros primeros años de vida. Uno es esa inclinación de cabeza del que se esfuerza por discernir el mundo de los mayores desde la insalvable distancia que crean los pocos centímetros de estatura y un candor infinito. Otro es el balanceo de los piececillos que no alcanzan ni por asomo el suelo cuando su propietario está encaramado en ese artilugio diseñado por y para adultos al que llamamos silla. Pies que se balancean, cabezas inclinadas hacia arriba. Qué lejos quedan, en esa etapa de la vida, tanto el suelo como los rostros de la gente mayor. Cuando un artista es capaz de plasmar sobre el lienzo o el material que está modelando la gracia de esos gestos sencillos y a la vez tan complicados de captar, me vuelvo incondicional. No en vano Murillo es un pintor que me encanta desde que tengo uso de razón.

La escultura de Antonio López me trajo a la memoria dos historias relacionadas con la dificultad de mirar como a un adulto a un ser al que se ha conocido durante un tiempo prisionero de esos gestos deliciosos. Es el pensamiento más viejo del mundo y todos los padres lo experimentan en algún momento; también los que nos dedicamos a enseñar a niños. Por eso las dos historias que me dispongo a contar, totalmente distintas en su tono, tienen el nexo de unión de estar protagonizadas por maestros.

La primera es un divertido episodio de una de las novelas de Elvira Lindo de la serie de Manolito Gafotas. Con su habitual sentido del humor, la autora nos relata una inefable visita de la clase de Manolito al Museo del Prado, con la inestimable guía de la maestra por antonomasia, la “sita” Asunción. Como es de esperar, las reflexiones del protagonista frente a las bellezas de Rubens o los ascetas de El Greco no tienen desperdicio, pero lo que ahora me interesa sucede a la salida, cuando hace su aparición un malintencionado navajero que pretende atracar a no recuerdo bien qué personaje. Lo que se me ha quedado grabado es la reacción de la maestra, que sin dudarlo se dirige a él como un enérgumeno, le riñe, le hace guardar la navaja y le avergüenza con sus palabras. No es que la sita Asunción sea una heroína: es que ha reconocido bajo la temible fachada del delincuente a un niño al que dio clases hace años, y como a tal es capaz de tirarle de las orejas sin el menor temor. La escena me hizo reír en su momento, pero años después la recordé cuando di clase a un alumno de los pequeños del instituto que, en cursos sucesivos, fue derivando hacia terrenos nada recomendables. Su fama le precedía por los pasillos y no era extraño que la gente evitara la confrontación y se apartara a su paso. Cuando me lo encontraba en algún rincón del instituto, siempre me acordaba de aquel episodio de la sita Asunción: el muchacho era bastante más alto que yo y tenía una mirada difícil, pero yo seguía viendo en él al chiquillo que en el primer curso balanceaba incansable los pies porque no alcanzaba a apoyarlos en el suelo. Él, por su parte, me trataba con sorprendente respeto. Supongo que era la lógica correspondencia: seguía teniendo la impresión de que, para mirarme a la cara, debía echar la cabeza hacia atrás y mirar hacia lo alto.

La segunda historia la oí hace unos meses en la radio y me remitió de inmediato a mi propia infancia. Se trataba de una breve reseña de la vida del mítico bandolero Dick Turpin, uno de esos malvados de la historia que han tenido la fortuna de entrar en el imaginario colectivo adornados de virtudes tales como el valor y la gallardía. Yo de niña leía sus historias a través de unos cuadernillos de la editorial Ramón Sopena que pertenecían a mi familia desde hacía tiempo, y que me permitieron seguir con deleite los atracos, emboscadas, asaltos y huidas de la ley protagonizados por el que se me antojaba el ideal de hombre libre y valeroso (he de reconocer mi parte de culpa en esa elevación colectiva de piratas, cuatreros y demás villanos a la categoría de héroes). Juicios morales aparte, los cuadernillos tenían unas ilustraciones muy vistosas en las que se veía a Turpin y a sus secuaces ataviados con casaca, cabalgando con la melena al viento, y presentaban además el exótico detalle de que el precio aparecía en céntimos y la fecha de publicación se remontaba a varias –bastantes- décadas atrás. Para una pequeña amante de los tesoros bibliográficos, el conjunto era irresistible.

El caso es que no me había vuelto a acordar de aquel personaje que tanto me entretuvo durante mi infancia hasta que, como he comentado antes, oí un resumen de su vida por la radio hace unos meses. No me voy a detener en el desencanto de comprobar que las airosas hazañas recogidas en aquello viejos cuadernillos eran pura ficción, sino en una anécdota curiosa del final de la vida del personaje. Cansado tal vez de los riesgos e incomodidades de su oficio de bandolero, Turpin se estableció bajo el nombre ficticio de John Palmer y emprendió una vida dentro de los cauces de la ley. Por alguna razón, las autoridades sospecharon de él e investigaron el origen de su fortuna. La pieza fundamental para descubrir su auténtica identidad fue el maestro que le había enseñado a leer y escribir de niño, y que lo reconoció gracias a su letra. Turpin acabó en la horca, como era de esperar tras su sangrienta trayectoria, y no puedo evitar preguntarme qué sintió aquel maestro al llevar al cadalso al pequeño al que enseñó a distinguir las letras. Solo puedo pensar que no calculó las consecuencias de su testimonio, o, en caso contrario, que había olvidado por completo la imagen de aquel niño inclinado sobre un libro, siguiendo con el dedo la línea escrita que iba descifrando con dificultad. Otro de los deliciosos gestos de la infancia.

2 comentarios:

  1. Me gustan tus comentarios. Más adelante te cogeré algun texto. De momento este invierno estoy con El Quijote y no puedo leer nada más, - no me dan los ojos para más...-. Yo veo un "0h!" en esa escultura de niña de Antonio López que no sé qué te parecerá pero para mí que es de lo mejor de la muestra.

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  2. No sé si será de lo mejor; lo que sí puedo decir es que es la obra que más recuerdo. Me parece increíble que alguien tenga la capacidad de fijar para la eternidad una expresión tan fugaz, que consiga hacer latir de esa forma la vida bajo la superficie de la escultura.

    Gracias por dejar tu comentario y bienvenido.

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