martes, 7 de junio de 2011

LA PREGUNTA QUE NO ELEGÍ

El pasado miércoles me hicieron una entrevista para el portal de Internet “Conocer al Autor”. Se trataba básicamente de presentar mi libro de relatos Los muertos, los vivos en un vídeo que será colgado en la página web en fecha –espero- no demasiado lejana. Pero había algo más: al parecer, el entrevistador siempre plantea astutamente una pregunta de debate a los autores que pasan frente a la cámara; digo astutamente, porque dicha pregunta se lanza a bocajarro, instantes antes de empezar la grabación y sin apenas tiempo para pensar la respuesta. Está claro que huyen de los discursos preparados, y no se lo reprocho: pocas cosas hay más indigestas que un escritor soltando con pretendida naturalidad las frases que ha ensayado previamente frente al espejo. El caso es que me dieron a elegir entre dos cuestiones. La primera captó mi atención de inmediato: “¿Qué libro fue el que te impulsó a escribir?” Era, sin duda, la más atractiva. Solo había un problema: no conocía la respuesta.

Pensar frente a una cámara preparada para grabar no es la más tranquilizadora de las situaciones. En los pocos segundos de reflexión que me concedieron, pasé revista a los libros que me fascinaron en mi infancia, sin encontrar uno en especial en el que se concentrara ese impulso inicial que me llevó a escribir a la lejana edad de diez años. Desfilaron por mi memoria, en rápida y curiosa amalgama, las aventuras de Simbad, Emilio Salgari y Mujercitas. Ninguno podía atribuirse en exclusiva la responsabilidad de haberme convertido en una contadora de historias. Miré a mi entrevistador, implorante. “Te puedo contar por qué empecé a escribir, pero no qué libro me empujó a ello”, le expliqué. Sonrió, amable e inflexible. “Elige, entonces, la otra pregunta”, concluyó. Tuve que hacerlo. Era una cuestión que no me atraía nada, relativa a las diferencias entre hombres y mujeres y a las cifras de compra de libros. Me resigné. Salí del paso improvisando unos cuantos tópicos frente a la cámara. No me quedé nada conforme; algo me rondaba la cabeza y no me dejaba tranquila. Un buen rato más tarde, sentada ya en el autobús de vuelta a casa, comprendí la raíz de mi malestar. Qué ingratitud la mía. Había olvidado por completo el libro que marcó mi destino, si no de escritora, al menos sí de lectora empedernida.


Lo he comentado con varias personas de mi generación, y ha resultado que un porcentaje alto de ellas poseyó en su infancia el mismo tesoro. Yo lo sigo conservando. La reacción cuando ponemos en común nuestros recuerdos sobre el tema suele ser muy parecida; se sorprenden, como si desenterraran una preciada posesión del fondo de un desván lleno de trastos, y exclaman con alborozo: “¡Sí, sí, yo también lo tenía… y cómo me gustaba!” Se trata de una colección de libros encuadernados en piel de color rojo que respondían a los concisos y expresivos títulos de Dime por qué, Dime qué es, Dime dónde está. Yo era una niña curiosa, y pasé muchas horas con la nariz enterrada entre sus páginas, aprendiendo cosas maravillosas como por qué los pavos reales abren su cola en abanico o quiénes fueron Calígula y Marat. Pero, por encima de todos los demás, estaba el número cinco de la colección. Se titulaba Dime, cuéntame y es uno de los primeros eslabones de esa cadena que me condujo inexorablemente a amar la literatura.

Dime, cuéntame está compuesto por breves reseñas de obras inmortales de la literatura universal, ordenadas de forma cronológica, desde el Cantar de los cantares y los haikus japoneses hasta Cien años de soledad. Los responsables de la antología se limitan a contar el argumento de cada obra, dar unos breves datos sobre su autor e incluir un fragmento, pero lo hacen con tal sabiduría que el recuerdo de muchas de esas reseñas me ha acompañado a lo largo de toda mi vida de lectora. De esta forma, conocí cuando no tenía edad para comprenderlo el inenarrable diálogo de Estragón y Vladimir en Esperando a Godot, o la intensa tragedia de Willy Loman, el protagonista de Muerte de un viajante, de Arthur Miller. Me asomé a literaturas que luego no he tenido la oportunidad de estudiar jamás, como la escandinava, a través de las expresivas metáforas de la poesía de los vikingos, capaces de llamar al cielo “camino de la luna” y al mar “prado de la gaviota”. Me aprendí de memoria un fragmento de uno de los monólogos de Segismundo, porque, aunque no entendía su significado, me pareció que aquellos versos de Calderón sonaban a gloria y me gustaba oír su cadencia, su ritmo rotundo, cada vez que los recitaba sin comprenderlos.

La última de las consecuencias de las horas pasadas entre las páginas de aquel maravilloso libro de tapas rojas la he vivido hace un par de meses. Estaba oyendo por la radio la entrevista a una actriz y directora de teatro española, que comentaba un montaje suyo recién estrenado. Apenas empezó a mencionar el argumento, supe de lo que estaba hablando: esa historia fascinante de un viajero que pide cobijo en una casa y de unos anfitriones que lo acogen a cambio de brindarse a un peligroso juego la conocía yo desde la infancia. El proceso del recuerdo fue curioso: primero me vino a la cabeza la imagen que acompañaba a la reseña, una fotografía en blanco y negro de un hombre que huye en medio de la niebla; me acordé después del final de la historia y la situé finalmente en la última parte de mi enciclopedia de infancia, en la dedicada a esos autores contemporáneos increíbles capaces de transformar a su protagonista en rinoceronte o de crear un atasco de tráfico que dura meses y que es el simulacro de toda una vida. Se trataba de la trama de un cuento de Dürremmatt que me había fascinado de niña, pero que nunca he llegado a leer, y que se había quedado ahí, en el fondo de mi memoria, muy bien acompañado por sus vecinos Ionesco y Cortázar, esperando un acontecimiento que despertara su recuerdo.


Miro la fecha de publicación de mi ejemplar de Dime, cuéntame y compruebo que tenía yo siete u ocho años cuando vino a parar a mis manos. Por aquella época, siempre que me encontraba frente a un papel en blanco, me debatía bajo la terrible disyuntiva de ponerme a dibujar o a contar historias. De que ganara rotundamente la segunda opción es en parte responsable este libro lleno de voces del pasado, de tramas apenas esbozadas, de personajes maravillosos. Qué ingratitud la mía, haberme olvidado por completo de él delante de una cámara. Espero haberla compensado en parte con esta tardía respuesta a la pregunta que no elegí.

5 comentarios:

  1. Seguro que se encuentra del todo compensado. ¡Qué bonito!. Me ha traído el recuerdo de las viejas enciclopedias de mi infancia. Cómo me ayudaron a enfrentarme a los trabajos que mandaban los profesores a la vez que despertaban la curiosidad por saber más. Quién nos hubiera dicho que existiría internet. Pero, para mí, como los libros, nada.
    Espero Bea, que todos tus lectores puedan conocer este blog, porque aquí sí que te conocerían mucho mejor que a través de una entrevista, aunque todo aporta.

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  2. Mil gracias por el cuadro de la semana. Qué mejor regalo que mostrar algo tan hermoso y además comentarlo así. Me encantan los días de lluvia, incluso con patinazos incluídos.

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  3. A mí también me encanta la lluvia; es uno de los encantos añadidos del cuadro de Caillebotte. Me ha parecido la imagen ideal para ilustrar esta primavera que se está despidiendo con unos días azarosos en los que uno no sabe a qué se va a enfrentar. Hoy al mediodía, al volver del instituto, he pasado del sol a un tramo de lluvia torrencial y de nuevo al sol. Nada de rutina. Será mi espíritu tormentoso lo que me hace disfrutar con semejantes virajes inesperados.

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  4. Me has provocado para buscar en mi meoria qué libros me han impresionado más a lo largo de mi vida. Me produce una sensación agradable rebuscar en mi memoria y que vengan a mí personajes, historias y nostalgias. Porque cada libro se encuentra asociado a un momento vital. A veces me da miedo releer porque temo no encontrar aquello que, en su momento, me fascinó o me proporcionó tanto placer. La sensación de sentir profundamente que se acabe, la necesidad de volver sobre sus últimas páginas, o el instante en que, cerrado el libro, me quedo ensimismada, como en un nirvana gozoso (no sé si existen nirvanas gozosos), abstraida, en paz.Lola

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  5. Lola: Añado algo a esa lista de “efectos” que, como bien señalas, producen en nosotros los libros que nos impresionan. Me refiero a la sensación de llevarlos a nuestro lado a lo largo de los años. Son esos libros que no solo nos gustaron en su momento, sino a los que hacemos referencia más adelante en nuestra vida, bien citando una frase o un episodio o acordándonos de un personaje. Es esa clásica situación que tantas veces protagonizamos los lectores en que nos quedamos pensativos y al fin decimos: “Esto me recuerda a una novela de…”, “Esto se parece a cuando tal personaje…”, “Es como lo que decía aquel autor…” Más que libros, son compañeros de vida. Todos tenemos al menos uno. Te invito a recordar cuál o cuáles son los tuyos.

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