viernes, 10 de junio de 2011

ESOS RÍOS QUE FLUYEN

Cuando explico ante desconocidos a qué me dedico, con frecuencia por el rostro de los que me escuchan cruza un gesto de conmiseración. “Lo que tendrás que aguantar”, es más o menos el comentario que suele acompañarlo, o bien “yo no sería capaz, qué paciencia debes de tener”. A veces consigo incluso arrancar alguna frase admirativa; al parecer, la idea de entrar en un aula llena de adolescentes guarda en el imaginario popular cierta similitud con la irrupción de los cristianos en la arena plagada de leones. No diré que todos los momentos en mi carrera de enseñante hayan sido agradables. Pero lo que sí está claro es que los que me admiran o me compadecen por mi trabajo de profesora desconocen por completo la existencia de ciertos momentos de privilegio como el que he vivido esta mañana y me dispongo a contar.

En el sistema educativo actual los niños llegan a los doce y trece años sin haber estudiado nunca a nuestros grandes literatos. No entraré en la polémica de si esto es bueno o malo; solo diré que a mí me hicieron leer con once años a Garcilaso de la Vega y estuve a punto de caer en la infamia de odiarlo para el resto de mis días. Por fortuna, una excelente profesora de Literatura me lo explicó tiempo después, cuando ya tenía edad para comprenderlo, y aprendí para no olvidarlos jamás algunos de los más hermosos versos de amor que se han escrito nunca. Espero que el gran Garcilaso, desde el cielo de los poetas, me haya perdonado mi inicial incomprensión de niña cerril.

El caso es que los alumnos de doce y trece años a los que estaba dando clase esta mañana a las nueve desconocen por completo a los grandes de nuestras letras. En la lección que nos ocupaba a tan temprana hora se les introduce el concepto de metáfora, y aparecen, entre otros ejemplos, los celebérrimos versos de Jorge Manrique:

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir.

Así, solos, desglosados de su contexto y de cualquier referencia a su autor y a la obra a la que pertenecen, me parecían de difícil comprensión para estos chavales de la era de la Nintendo y la televisión por cable. Aun así, decidí hacer la prueba, y sin explicar nada en absoluto, me dirigí a la clase en general.

-A ver –dije-, ¿quién es capaz de explicarme lo que quiere decir el poeta?

Un bosque de dedos alzados (se me ha olvidado decir que estos muchachos son singularmente voluntariosos). Elegí a un chico avispado pero poco dado a las sutilezas del mundo sentimental. Empezó a hablar muy seguro, como quien cuenta algo que tiene clarísimo desde hace tiempo.

-Pues el autor dice que la persona que quiere y él son como dos ríos que corren a la vez, y que van a estar siempre uno al lado del otro, hasta que vayan a parar al mar y se mueran.

Lo miré. Me miró, sonriente. Se le veía muy satisfecho de su explicación. Medité sobre sus palabras. Nada que ver con el poeta guerrero del siglo XV ni con el homenaje a su padre ni con la muerte que nos iguala a todos, poderosos y humildes. Pero nunca una respuesta errónea me había hecho tan feliz. Sonreí yo también. Expliqué al orgulloso muchacho y a su auditorio (que seguía pugnando, brazo en ristre, por aportar su propia explicación de los versos), que eso no era lo que había querido decir el autor, pero que dado que ellos no tenían información alguna sobre el contexto de los versos, era una explicación muy buena. Al salir del aula, seguía dándole vueltas a la imagen: los enamorados, dos ríos paralelos, siempre el uno junto al otro, discurriendo a lo largo de la vida, hasta que desembocan en el mar y se funden en uno solo. A mí me encanta la interpretación de este muchacho avispado que no sabe nada de poetas guerreros, ni de Maestres de la Orden de Santiago, ni de coplas de pie quebrado. Sospecho que a don Jorge Manrique, sin duda codo con codo con Garcilaso en el cielo de los poetas, no le disgustará del todo.

2 comentarios:

  1. No les falta razón a quienes te dicen lo de la paciencia, pero sí que es cierto que hay momentos que no cambiarías por nada. Eso es lo que hace este trabajo tan especial. Hay días en que una frase o un gesto de un chico lo cambia todo. Es curioso cómo con la edad vamos perdiendo la capacidad de asombro, de valoración de cada momento de la vida y ahí entra la posibilidad de aprender de ellos, de recibir oxígeno de su frescura, sus ganas de vivir y su forma nueva de entender el mundo.

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  2. Como todos los trabajos que obligan al contacto estrecho con seres humanos, el nuestro es una fuente constante de alegrías y de motivos de crispación; de vida, en definitiva. En mi caso, dada mi innata tendencia a la ensoñación y el ensimismamiento, es una auténtica fortuna tener que colocarme a diario frente a estas personas en estado de permanente ebullición que son los adolescentes. En ellos todo está en su momento más alto -el amor, la rabia, la curiosidad, la ignorancia- y a la vez a punto de derivar hacia el extremo contrario. El que el día anterior te dio una grata sorpresa es capaz de sacarte de sus casillas al siguiente. Qué te voy a decir que tú no experimentes a diario, Confidente fiel, en estos momentos finales de curso en que todo parece ya irreparable pero a la vez en puertas de renovarse para volver a empezar.

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