martes, 3 de mayo de 2011

LOS CUADROS DE ABRIL

Ahora que repaso los cuadros que nos han acompañado las últimas semanas, me doy cuenta de que el mes se abrió con una escena de lluvia (no en vano era el mes de abril) para instalarse después en una órbita absolutamente femenina. No ha sido una elección consciente, pero el caso es que aquí están: menudas y crecidas, vestidas y desnudas, ascéticas y carnales, decididas y melancólicas; ellas han sido las mujeres del pasado mes de abril, vistas desde la perspectiva de artistas de épocas, estilos y nacionalidades diferentes.

Puro dinamismo: la lluvia convertida en líneas oblicuas que barren la superficie del cuadro, las figuritas humanas dispersándose en direcciones opuestas, la barca que se escapa a toda velocidad cauce abajo. El puente y el río, dos cintas transversales que se cruzan dividiendo el paisaje. Un instante detenido para la eternidad. El título es casi un haiku: El puente Ohashi en Atake bajo una lluvia repentina, del maestro japonés Utagawa Hiroshige (1797–1858). A Van Gogh le gustaba especialmente esta imagen y llegó a pintar un cuadro tomándola como modelo. Puedo entender por qué.


Hay veces en que se borran las fronteras entre lo animado y lo inanimado, entre lo vivo y lo muerto. La mesa, el espejo, la calavera, el cuerpo y el rostro de la mujer: todo tiene la misma textura básica, terrosa, en este espacio lleno de misterio, en este alarde de luces que se abren paso en medio de las tinieblas. La llama de la vela, escondida a los ojos del espectador, es la auténtica protagonista del cuadro: Magdalena penitente, una de las tres hermosas Magdalenas pintadas por Georges de La Tour (1593–1652).





Pandora, del pintor francés Odilon Redon (1840–1916). El mundo instantes antes de la aparición del dolor, la enfermedad y la muerte. Todo es belleza y colorido en torno a la figura femenina que sujeta en sus manos una caja. El espectador conoce el desenlace de la historia y contiene el aliento: unos segundos después, Pandora dará rienda suelta a su curiosidad y abrirá la tapa que dejará salir todos los males que afligen al género humano. La placidez y la armonía que ha inmortalizado el artista se desmoronarán para siempre.





Hay cuadros que requieren una explicación. En 1964, la pequeña Ruby Bridges tuvo que acudir durante meses escoltada al colegio, porque era la primera niña negra escolarizada en una clase de blancos en Nueva Orleans. El pintor e ilustrador estadounidense Norman Rockwell (1894–1978) recoge con admirable simplicidad todo el drama racial de su tiempo en El problema con el que todos vivimos. Un muro con un graffiti, los restos de un tomate estrellado, y toda la determinación del mundo en la figura de la niña que avanza rodeada de escoltas y con sus instrumentos escolares bajo el brazo. Maravilloso el punto de vista adoptado: los ojos del espectador están a la altura de la cabeza de la pequeña. Lo demás, las cabezas de los escoltas, el mundo adulto y sus sinsentidos, queda fuera del cuadro.

6 comentarios:

  1. Algunos cuadros me producen la impresión de poder acercar escenas de otros tiempos hasta el momento presente. Como si estuviera ocurriendo ahora mismo, en un instante continuado y eterno. Esa sensación tan subjetiva me ocurre también con "Magdalena penitente". Ahí me quedo embobada mirando, como si los personajes se fueran a mover y decirme algo.

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  2. Esto que dices es, probablemente, uno de los aspectos que más me atraen de la pintura: la posibilidad de detener lo instantáneo, lo efímero, y ofrecérselo a la posteridad. Evitar la destrucción de la belleza, del gesto que dura apenas un momento, del paisaje que al segundo siguiente ya ha cambiado porque la lluvia ha cesado o ha salido el sol. Para alguien angustiado como yo por el paso del tiempo, es el mejor de los regalos.

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  3. ES un cuadro precioso, me encanta todo lo japonés y no me extraña que Van Gogh lo tomase como modelo. Gracias por visitar mi blog, me ha encantado conocer tu rinconcito. Un abrazo

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  4. Bienvenida, Carol. Espero verte -y leerte- a menudo por aquí.

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  5. hay un cuadro del cual me enamoré cuando era niña, creo que tendría unos 7 años de edad cuando lo vi en un puesto de revista, y me dio pena pedirle a mi mamá que me lo comprará. Hasta hoy lo vuelvo a encontrar, y me emocioné hasta las lágrimas. Es del pintor George de La Tour y se llama Angel Appears to St. Joseph in a Dream, al ver el que publicas en el muro, rápidamente reconocí la técnica, el juego de luces y sombras mediante una forzada iluminación, sabía que no se trataba de Caravaggio porque para La Tour el origen de la luz es concreto: una vela, una bujía, una antorcha u otra forma de luz artificial, mientras que en las obras de Caravaggio, la luz provenía de un foco de origen impreciso. Algo que ahora veo con más precisión. Gracias Beatriz por el encuentro. Sabes? todo esto me recordó a una canción "tantos mundos, tanto tiempo, tanto espacio...y coincidir". Angélica de Puebla ;)

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  6. El cuadro de La Tour al que te refieres es maravilloso, Angélica: ese aire irreal de los personajes, como si fueran seres fabricados de barro, y la iluminación mágica que los sitúa en un mundo aparte... Cuánto me alegro de haberte ayudado a reencontrarte con él, de haber contribuido a despertar a aquella niña que intuyó la maestría del artista pero tuvo que dejarla pasar de largo.

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