domingo, 8 de mayo de 2011

EL FINAL DE LA HISTORIA

Hay cuadros que cuentan historias. Otros se limitan a provocar estados de ánimo, sensaciones: nos intrigan, producen alegría o incomodidad, nos repelen, nos confortan, nos dan paz. Los hay que simplemente existen, con su combinación de colores y de formas, bellos o poco gratos, según el gusto del espectador. Determinar qué es lo más adecuado, lo que le hace más justicia al arte de la pintura, sería una discusión interminable y estéril. Puedo citar cuadros que me encantan y que ejemplifican cada uno de los casos que acabo de mencionar. No creo que un artista que se dedica a explorar texturas y juegos de luces sea superior al que busca la complicidad sentimental del que contempla sus obras. Toda esta reflexión me viene hoy a la cabeza porque el viernes pasado estuve visitando a un pintor que me contó muchas historias, algunas claras y terminadas, otras apenas esbozadas, como enigmas lanzados al espectador.

Jean-Léon Gérôme (1824-1904) fue un pintor clasicista y académico, de esos a los que es fácil infravalorar porque no solo no se adelantaron a su tiempo, sino que volvieron la vista atrás con insistencia. No abrió nuevos caminos al arte pictórico, pero poseía un dominio técnico increíble y, entre otras cualidades, tenía el don de contar historias. Algunas conocidas por todos, otras muy secundarias y anecdóticas, otras intrincadas y difíciles de comprender. Contemplando sus obras, uno se siente un poco niño, y se tapa la boca horrorizado ante las torturas de los cristianos en el circo romano, o contiene el aliento frente al trágico destino de un gladiador, o se enternece viendo cómo el amor va convirtiendo la estatua de Galatea en un cuerpo humano que cobra color y flexibilidad para fundirse en un beso con Pigmalión. El que quiera que le cuenten estas historias y otras muchas, está todavía a tiempo: quedan días de la exposición monográfica que el museo Thyssen ha dedicado a la obra de este pintor cuyas imágenes nos son con frecuencia familiares, pero no así su nombre.

De mi visita del viernes pasado, me quedo con los cuadros en los que Gérome se deja invadir por un halo romántico, especialmente con esta maravilla titulada Duelo después del baile de máscaras:


Aquí se nos sitúa bruscamente frente al final de la historia. Lo demás, lo que sucedió antes, queda abierto a la imaginación de espectador. Una cuestión de celos, una ofensa, un adulterio; habría tantas versiones como visitantes. La escena que Gérôme ha elegido reflejar es hermosísima: el paisaje brumoso, el vencedor que se aleja con gesto fatigado, el carruaje que aguarda a lo lejos, el arma abandonada sobre la nieve, la figura caída del herido y los gestos casi operísticos de los que lo socorren. El artista tiene un as en la manga para provocar nuestra emoción, el disfraz del vencido: ¿es que puede haber violencia más condenable que la de matar a un entrañable Pierrot? Uno se revuelve un poco incómodo en la sala del museo; no sabemos qué ha pasado, pero inevitablemente nos ponemos de parte del perdedor. Yo confieso que me volví definitivamente niña, y querría haber tenido al pintor a mi lado para tirarle de los faldones de la levita hasta conseguir las piezas que me faltaban. Habría sido darle la vuelta a la clásica exigencia infantil de prolongar hasta el infinito el cuento de antes de dormir; no quería saber lo que pasó después, sino lo que ocurrió en el baile de máscaras, el principio de la historia.

5 comentarios:

  1. Pues sí, parece que ni los símbolos de la inocencia y la ternura pueden escapar a las pasiones humanas ni a la muerte. Me gustaría conocer toda la historia, intuída o imaginada; contada por Beatriz Olivenza.

    ResponderEliminar
  2. ¡Esto sí que es un desafío en toda regla! ¿Contar la historia del indio y el Pierrot que se enzarzaron en un duelo tras el baile de máscaras? ¿O tal vez la del espectador que ve el cuadro y se pregunta qué pasó antes? ¿O la del artista que pintó el desenlace y no el comienzo de la historia? ¿O la de la humilde escritora que incluye este embrollo en una entrada de su blog y se ve asaltada por la curiosidad de los que la leen? ¿O todo ello a la vez...? Todo un desafío, en efecto. ¿Sería uno semejante el que llevó al indio y al Pierrot del cuadro a batirse en duelo?

    ResponderEliminar
  3. Cualquiera de las opciones que quieras elegir sería una entrada inigualable, estoy segura. A mí me gustaría saber qué pudo ocurrir, según tú, antes de la escena que se ve en el cuadro, pero también desconozco la historia del artista. Todo en este blog me enriquece, Bea. Tú eres incansable trabajando, y me temo que yo soy incorregible pidiendo.

    ResponderEliminar
  4. ¿Cómo consigues tan fácilmente expresar con palabras lo que yo sentí delante de ese cuadro?
    Gracias una vez más por este blog del que no puedo ausentarme ni un solo día y que consigue emocionarme tan a menudo.Guillermina

    ResponderEliminar
  5. Guillermina: no sabes cuánto me alegro de haber acertado a expresar tus sensaciones frente al cuadro de Gérôme. Es estupendo encontrar personas con las que conectar; hay tanta, tantísima gente en el mundo con la que establecer la más mínima conexión me resulta imposible... Es la ventaja de crearse un espacio virtual como este: uno se lo va amueblando con todas las cosas que le gustan y finalmente la gente afín termina por acudir. Gracias por estar siempre ahí.

    ResponderEliminar