jueves, 14 de abril de 2011

LIBROS PERDIDOS

Hará cosa de un mes, me dirigí a una biblioteca pública que frecuento con la intención de sacar en préstamo Un hombre en la oscuridad, de Paul Auster. Desde que los catálogos de las bibliotecas abandonaron su encantador formato de cartulinas escritas a mano, primero para digitalizarse y finalmente para hacer acto de presencia en la red, no existe ya esa incertidumbre del lector antiguo que deambulaba entre las estanterías sin saber si encontraría el título deseado o si otro lector de similares gustos o necesidades se le habría adelantado. El acto de sacar un libro en préstamo ha ganado sin duda en eficacia pero, eso sí, ha perdido un punto de emoción.

El día al que me refiero, por lo tanto, iba yo a la biblioteca con la confianza que me había otorgado una última consulta al catálogo en Internet antes de salir de casa. Cuál no sería mi sorpresa al recorrerme de extremo a extremo el estante en el que estaban colocadas las novelas de Auster sin encontrar la que buscaba. ¿Sería posible que un lector raudo se me hubiera adelantado? Empecé a calibrar la posibilidad de que una persona con la que me había cruzado al entrar llevara tranquilamente bajo el brazo el título que yo pensaba leer. Finalmente, decidí dirigirme al encargado. Este consultó su ordenador y me aseguró que Un hombre en la oscuridad no estaba prestado y debía, por tanto, encontrarse en su lugar en la estantería. Se levantó muy convencido y me acompañó para demostrármelo. Recorrió el estante una y otra vez, sin dar con lo que buscaba. Resopló. Volvió a buscar. Murmuró una frase ininteligible. Se rindió. Se dirigió a mí por fin: “Esto es que lo han sacado de su sitio y lo han colocado mal”. Nos quedamos los dos meditabundos. Alcé la cabeza y me pareció que la sucesión de estanterías se prolongaba hasta el infinito. A la hora de encontrar un libro fuera de sitio en semejante maremágnum de volúmenes, aquella modesta instalación municipal se me antojaba la mismísima Biblioteca de Babel. Auster y su hombre en la oscuridad estaban, si la suerte no lo remediaba, perdidos para mí.

Me disgusta profundamente pensar en los libros que se descolocan en las grandes bibliotecas. Me parecen náufragos o huérfanos privados de sus familias, perdidos en un territorio hostil, entre extraños, fuera del alcance del lector amigo que los anda buscando en otro pasillo, en otra estantería. Se me antoja lastimoso su destino de no ser tal vez nunca hallados ni leídos. Siempre que vuelvo a la biblioteca que he mencionado antes –y lo he hecho algunas veces desde el episodio que he relatado- me paso frente al estante de Auster y compruebo que Un hombre en la oscuridad sigue sin volver a su sitio. El bibliotecario, que me aseguró que lo buscaría, no ha tenido, al parecer, éxito en sus pesquisas.

Todo esto me ha venido a la cabeza porque oí el otro día en la radio una anécdota que me dio que pensar. La anécdota en cuestión no trataba sobre libros perdidos dentro, sino fuera de su biblioteca; más concretamente, de un libro que no había sido devuelto a su emplazamiento original por la persona que lo sacó en préstamo. Es un tema que me afecta bastante por mi labor de bibliotecaria en el instituto en el que trabajo: a veces es una lucha conseguir que ciertos lectores recuerden que tienen en casa un libro que no les pertenece, y no pasa un curso sin que algún alumno se matricule en otro centro llevándose como recuerdo un ejemplar de nuestra biblioteca.

Pero volvamos a la historia que oí por la radio. Se refería a un lector ilustre y olvidadizo, que sacó un libro prestado de la biblioteca de Marsella y no lo devolvió cuando cambió su residencia a París. La biblioteca conserva, más de un siglo y medio después, la ficha de préstamo que da testimonio del despiste: el lector es Alejandro Dumas padre, el libro se titula Memorias del señor D'Artagnan, teniente capitán de la primera compañía de los Mosqueteros del Rey, y, ni que decir tiene, es la obra que sirvió de base a Los tres mosqueteros. Como nos ha hecho pasar muy buenos ratos, está claro que le perdonamos a Dumas su pequeño hurto, sobre todo si tenemos en cuenta el buen aprovechamiento que hizo del libro escamoteado. Meditaré sobre la posibilidad de que la historia se repita, la próxima vez que un lector con mala memoria me deje con un hueco más en los estantes y el mal sabor de boca de un libro por devolver.

3 comentarios:

  1. Por favor, Bea, medita pero poco no vaya a ser que dentro de poco en vez de 5000 libros nos encontremos con la mitad. Entiendo que es una tentación quedarse con algo bello, que a veces es una pasión imposible de resistir pero me parece más atractiva la propuesta que hacía en otro momento: ir dejando libros perdidos y tener la posibilidad de reencontrarlos. En nuestro "mercadillo anual" del Día del Libro compro cada año tres o cuatro. Al año siguiente los devuelvo ya leídos. En un momento pensé poner en ellos mi nombre y la fecha para abrir una cadena. Pero no me atreví. Me pareció una petulancia. Hoy me hubiera gustado hacerlo. ¿Quién sabe? Quizá el año próximo.Lola

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  2. Otra errata: la propuesta que "hacías" tú, no que "hacía"

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  3. Medio año después, regreso a esta entrada para dejar constancia de una novedad: ayer volví a la biblioteca municipal de la que hablaba arriba, y al pasar frente a la sección de narrativa lancé, como acostumbro desde hace meses, una mirada al estante donde se encuentran las novelas de Paul Auster. Cuál no sería mi sorpresa al ver, perfectamente colocada en su sitio, la que estuve buscando en su día, "Un hombre en la oscuridad". ¿Un éxito de la búsqueda del bibliotecario? ¿Una hábil intervención de algún lector avispado? No estaba el empleado que me atendió en su momento, así que no pude averiguarlo. Me marché, en cualquier caso, muy contenta. Un libro menos perdido, infinitas posibilidades de lectura que quedan abiertas.

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