sábado, 30 de abril de 2011

INTERIOR, EXTERIOR

Me encantan los marcapáginas y he reunido una buena colección entre los que compro, los que me regalan y los que me llevo de librerías y ferias del libro. Los tengo guardados en carpetas, pero me gusta dejar fuera unos cuantos para, a la hora de iniciar una nueva lectura, elegir entre ellos el que me parece más adecuado para la ocasión. Es un pequeño ritual que me divierte. Un paisaje nevado, para Irène Némirovsky. Un pequeño tapiz árabe, para Naguib Mahfuz. No siempre es tan fácil ni tan claro: hay veces en que tomar la decisión me lleva un buen rato y no me deja convencida del todo. No fue así en el caso de Espejo roto, de Mercè Rodoreda, cuya relectura acabo de terminar: resultó que tenía un marcapáginas de lujo. Lo elegí sin dudar y lo metí entre la cubierta y la primera página, como hago siempre para indicar que esa será mi siguiente lectura. Cerré la tapa del libro y fue entonces cuando me di cuenta de la coincidencia. La imagen del marcapáginas y la de la cubierta tenían un curioso parecido. Juzgad vosotros mismos:


Las separan más de medio siglo y una considerable diferencia de estilo, pero hay una evidente similitud entre ambas mujeres, entre la que se está desprendiendo de sus vestidos en la alcoba y la que avanza absorta en su lectura en medio de la vegetación: el aire ensimismado, la inclinación del cuello, la postura de los brazos, la disposición con respecto al espectador. La de la derecha, la imagen del marcapáginas, es un detalle del cuadro titulado La lectura de Thomas Couture, al que ya en su momento dediqué una entrada en este blog, tras asistir a la exposición Jardines impresionistas del museo Thyssen. La de la izquierda aparece en la cubierta de mi edición de Espejo roto y es el cuadro titulado Interior con figura femenina, de Santiago Rusiñol. El parecido entre ambas imágenes ha sido un pequeño placer añadido a este reencuentro con una autora que me impresiona siempre. Pequeños caprichos de los que amamos los libros, y no solo por su contenido.

Una última curiosidad: la mujer que se desnuda en la intimidad del dormitorio está expuesta en la cubierta del libro. La que lee al aire libre ha vivido unos días refugiada dentro de él. Como si las dos figuras se divirtieran ocupando el lugar que le ha tocado en suerte a la otra. Bonito juego de intercambios: interior, exterior.

10 comentarios:

  1. Interior, exterior, juego de intercambios. Quizá. A mi me sugieren tus palabras otros aspectos de interior, exterior. "Lo más importante está oculto a los ojos". ¿Será verdad? Lo cierto es que nuestra cara refleja demasiadas veces nuestro interior. ¡Cuántas emociones internas se perciben en nuestra expresión, en nuestra forma de movernos! Tuve una experiencia hace unos años que me marcó profundamente. En Formentera, una semana santa. Era un curso de yoga mezclado con no sé qué otras técnicas, bioenergía, gelstat. Al volver en el barco lavándome las manos me vi reflejada en un espejo. Nunca me había visto más guapa. ¿Qué cosas dejé allí? Interior, exterior.
    Me ocurre, también, con frecuencia después de nuestra tertulia. Me descansa, me revitaliza. Te lo debemos. Gracias. Lola

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  2. A mí se me vienen a la cabeza otras ideas cuando pienso en esta dualidad interior/exterior: lo que mostramos a los demás, lo que guardamos celosamente, lo que nos ocultamos hasta a nosotros mismos. En "Espejo roto", lo comentamos ayer, hay una imagen que me impacta mucho: la de ese pozo del jardín al que uno de los niños va arrojando todo lo que no le gusta. Cuántas habitaciones oscuras llevamos todos dentro en las que almacenamos lo que no queremos que los otros vean, lo que nos resulta difícil ver incluso a nosotros. Qué ocurriría si tuviéramos acceso a esos terrenos vedados de los demás. Alguien del club lo dijo en la tertulia de ayer: "Los escritores son los que nos cuentan la verdad". Ellos son, desde luego, los que nos ponen de cara, a veces de forma descarnada, frente a lo que en las convenciones de la vida diaria conseguimos maquillar. Frente al ser humano, en definitiva.

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  3. Este es un tema que siempre me ha inquietado. Qué pasaría si no pudiéramos mostrarnos con las máscaras con las que nos protegemos habitualmente, tanto de nosotros mismos como de los demás. Quiénes somos realmente. Si alguna vez lo sabremos, si llegaremos a conocernos de verdad o nos iremos con la duda de si fuimos quienes quisimos, quienes nos obligaron a ser, o quienes realmente éramos. Qué haríamos un día cualquiera si de repente quedaran expuestas a la luz esas "habitaciones" de las que hablas, Bea.

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  4. Tal vez nos aterraría contemplarnos a nosotros mismos tal como somos. Pero a la vez quizá nos tranquilizaría ver esas habitaciones oscuras de los demás, darnos cuenta de que, en el fondo, compartimos más de lo que las convenciones y el deseo de aparentar nos permiten percibir. Tal vez nos disculparíamos más a nosotros mismos, comprenderíamos mejor a los otros y seríamos un poco más felices. ¿No es terrible que nos sintamos solos con nuestras más oscuras pulsiones cuando si pudiéramos rascar un poco bajo la apariencia de normalidad de los demás descubriríamos que, en el fondo, todos estamos hecho del mismo -y frágil- material?

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  5. No tengo ninguna duda de que nos aterraría ver todos nuestros ángulos. Tenemos algunos tan oscuros que no tenemos más remedio que negarlos. Por eso cuando descubrimos alguno en otro semejante nos decimos rotundamente: "yo no soy así", o "yo no haría eso". Creo que somos más semejantes que diferentes precisamente en esos aspectos ocultos y nos parecemos más en nuestras máscaras. El grupo impone su ley y hay que ser casi un héroe para no seguir la corriente. Es más cómodo, menos esforzado, se está más "calentito, más arropado". En vez de sentir rechazo se siente aceptación. Y estar sólo no es muy agradable.
    Supongo que si aceptásemos nuestro espacio oscuro no condenariamos el de los demás. Y creo que también podríamos contemplar otro espacio más luminoso que también ocultamos a veces por miedo a la burla o el ridículo. No sólo ocultamos lo censurable también lo sublime. Tenemos que ajustarnos lo que el grupo considera "normal" y suele ser más bien mediocre e insípido. ¿Quién tiene valor para romper normas y costumbres? Acabo de ver una película "Vartel" y asombra como a nadie se le ocurre oponerse a los deseos del rey Sol (y de la poderosa nobleza) y se le obedece ciegamente en caprichos que hoy serían delitos. Tampoco a los nazis se les ocurría contrariar a un hombre con un bigote horrible al que habían concedido el poder absoluto sobre sus acciones.
    La psicología explica todo esto pero no me quiero extender más. Termino con una frase que no me gusta pero que nos hace entender muy bien que no se puede ser esclavo de los dictados del grupo: "Sé tú mismo". Claro que antes hay que conocerse y mirar esos espacios que negamos. Atrévete, no tienes más remedio que verlos tarde o temprano si quieres culminar tu vida con algún sentido. Ser un desconocido para uno mismo es el único fracaso que no nos podemos permitir.
    Use (un reciente descubridor de este blog)

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  6. Los que trabajamos con adolescentes sabemos mucho de esa terrible tiranía del grupo y de lo que uno es capaz de hacer a ciertas edades para sentirse aceptado. Cuántas veces lo comentamos: "Este chico tiene buen fondo, pero con tal de quedar bien delante de los compañeros..." Lo que no nos planteamos tan a menudo es de qué forma se prolonga esa tiranía en la vida adulta. Me gusta mucho lo que dices, Use, de cómo adaptarse a lo que se considera normal es con frecuencia quedarse en la mediocridad y la insipidez. Y me gusta sobre todo tu incitación a afrontar la propia realidad cara a cara, por mucho que nos asuste hacerlo. Gracias por tus palabras. Siempre es una alegría para mí que alguien descubra este espacio y se anime a participar. Bienvenido.

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  7. Me aparto un poco de estas interesantes reflexiones que releo y regreso, unos cuantos días después, al principio de tu entrada, Beatriz. Qué curioso, yo también paso por un ritual similar para seleccionar marcapáginas “adecuados” al inaugurar mis lecturas… Hace unos días elegí uno para “Los novios” de Manzoni; imaginé –precipitadamente- a la “novia” con el rostro de la atractiva Condesa de Vilches, la joven y culta amiga de Madrazo, quien tan magistralmente la retrató. Así que, convencida de mi acierto, coloqué su imagen entre las páginas del nuevo libro. Pero cuál fue mi sorpresa cuando descubro que Lucía, la “novia” de Manzoni, es una humilde campesina de “modesta belleza”… Sí, la había imaginado con un rostro equivocado, en otra época y en un nivel cultural y social bien diferente…
    En todo caso, he decidido que “mi condesa” me acompañe en esta nueva historia. Tal vez a la espera de que aparezca en cualquier página, quién sabe, alguien con su misma mirada amistosa… Choni.

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  8. Me encanta, Choni, descubrir a alguien que sigue el mismo ritual que yo antes de elegir un marcapáginas. ¿Crees que habrá muchos lectores que lo hagan, y que llegaremos a descubrir a alguno de ellos a través de estos comentarios? En cuanto a lo que cuentas sobre tu composición previa de la protagonista de "Los novios" de Manzoni, es algo que todos hacemos inevitablemente, a veces incluso cuando hemos empezado ya a leer la novela y el autor no nos da desde el principio una descripción muy precisa del personaje. Esto me recuerda a algo que me suele suceder con mis alumnos al leer una novela juvenil titulada "Hoyos", de Louis Sachar. En uno de los capítulos iniciales, el autor introduce simultáneamente a varios personajes, unos chicos de un correccional. Nos dice sus nombres reales y sus apodos, y nos los presenta con su actitud burlona y desvergonzada hacia los adultos y la camaradería que les une entre ellos. Hasta unos capítulos más adelante no nos da el detalle de que algunos son blancos y otros negros. Esto a los alumnos les desconcierta; ya se habían hecho su retrato mental de los muchachos y de repente tienen que hacerlo trizas y volverlo a empezar. A mí es un detalle que me encanta. Simplemente, al novelista, la cuestión de ser blanco o negro no le parece importante.

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  9. No se si estoy haciendo lo correcto y que lo que escribo debe ser escrito aquí.
    Es respecto a la novela Beltenebros que tenemos para el día 20 de junio y con la que me quería reenganchar.
    Pues resulta que, cómo no, tengo guardia ese día ( y el 27 y el 4 de julio...)de manera que no podré acercarme al instituto.
    Ésta es una novela que había leido ya, de la que no recordabe nada. Qué gris, que triste, que húmedo y repelente todo...
    El Madrid de finales de los 60 de alrededor de Atocha y Méndez Álvaro, de la zona de avenida de la Albufera de los últimos capítulos (¿es el cine París el de Walter?) resulta muy evocador.
    Esta novela duele leerla.
    Un saludo a todos.
    Consultaré lalectura y la fecha de cita en el blog.
    Felices vacaciones.
    Pedro.

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  10. Claro que estás haciendo lo correcto, Pedro, que en este blog es entrar a dejar tus comentarios sobre las entradas o sobre lo que te sugiera un libro. Lamento que en este constante juego de fechas entre nuestras reuniones del club de lectores y tus guardias nunca consigamos acertar; es como apostar a la ruleta y no ganar nunca. Veremos la próxima vez, después del verano. En cuanto a "Beltenebros", yo no la conocía y acabo de terminarla. Es, realmente, una novela dolorosa, como bien has dicho. Me interesa tu alusión a los escenarios reales (investigaré lo del cine París que sugieres), pero lo curioso es que ese paisaje urbano concreto derive hacia un mundo totalmente imaginado, de pesadilla. Uno tiene constantemente la impresión de correr por esos sueños agitados en los que tras la puerta de un espacio conocido se abre otro lugar que en la realidad está a enorme distancia, o en el que alguien va adoptando el rostro y el carácter de una persona distinta. ¿Quién no ha soñado con un pariente que a mitad del sueño se transforma en un compañero de trabajo para finalmente adoptar la imagen de un actor? Felices vacaciones a ti también. Y felices lecturas, por supuesto.

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