lunes, 21 de marzo de 2011

MAHFUZ REVISITADO

Es toda una experiencia releer un libro que nos gustó en su momento, del mismo modo que lo es regresar a un lugar en el que fuimos felices tiempo atrás. Corremos, eso sí, el humanísimo riesgo de que las cosas no vuelvan a ser las mismas; pero quién nos asegura que no puedan resultar mejores incluso que la primera vez. En ocasiones, las dos experiencias pueden venir juntas: la de la relectura y la del retorno a un espacio ya visitado. Es lo que me está ocurriendo a mí estos días, regresando a El callejón de los milagros de la mano de Naguib Mahfuz.

Yo, que nunca he estado en El Cairo, estoy de vuelta desde el pasado sábado en el fascinante ámbito del callejón de Midaq. Ha sido muy fácil y no he tenido ni siquiera que hacer las maletas; ha bastado con abrir el libro y leer los primeros párrafos para encontrarme avanzando por la calle Sanadiqiya, mientras cae la tarde y las sombras crecen a mi alrededor. Es el momento del día en que los locales cierran; en el estrecho callejón solo quedan abiertas una tienda de dulces y una barbería. Los vecinos se retiran a sus casas, el resplandor de las lámparas se filtra por las rendijas de las ventanas. Únicamente se oye en la quietud de la noche la animación de un café muy viejo, que conoció tiempos mejores, pero que aún conserva su vistosa decoración de arabescos. Estoy regresando a El Cairo más genuino, yo, que nunca he estado en Egipto. Me saludan al pasar el tío Kamil y el barbero Abbas, intuyo a la bella Hamida espiando la calle desde detrás de los postigos cerrados, me cruzo con el siniestro Zaita, el hacedor de lisiados, que acude furtivo a su tarea nocturna. A algunos los recuerdo vagamente de mi anterior visita, años atrás; a otros los había olvidado, pero apenas me cruzo con ellos siento que se me aviva por dentro el calorcillo grato del recuerdo, como si acabara de reencontrar a un viejo amigo.

Es curioso cómo opera la memoria sobre las viejas lecturas, cómo selecciona el detalle a veces insignificante y deja el resto cubierto por un velo, a la espera de ser sacado de nuevo a la luz. De mi primer viaje a El callejón guardaba yo tan solo el recuerdo concreto de dos personajes, curiosamente femeninos, la chica de larguísimos cabellos y la viuda cincuentona que desea volverse a casar. Aparte de eso, conservaba una impresión de hormiguero humano, de vidas entrelazadas, de motivos ocultos y artimañas sociales, y un montón de rostros desdibujados que a medida que avanzo en mi relectura cobran vivos colores de repente, como algo que ha estado siempre ahí. Sería interesante repetir el experimento dentro de una década y antes de la relectura examinar mis recuerdos para ver a quién ha rescatado esta vez mi memoria del olvido: al entrañable barbero enamorado, al opulento dueño del bazar, a la furibunda esposa del panadero, al hombre que perdió a todos sus hijos y recibió a cambio el regalo de la iluminación.

Dos precisiones: me están acompañando en mi aventura las bellas acuarelas de Eduardo Arranz-Bravo con las que está ilustrada la edición del Círculo de Lectores por medio de la cual se ha producido este reencuentro. En ellas, el artista ha puesto rostro a todos los personajes de esta historia y ha evocado con sugerentes diseños el mundo abigarrado, colorido y decadente del callejón de Midaq. Y en segundo lugar, pido disculpas por el término inexistente en español que he introducido en el título de esta entrada, y que es una herencia de una hermosa novela del autor británico Evelyn Waugh que en español se tradujo como Retorno a Brideshead pero que en inglés se titula Brideshead revisited. Sé muy bien que es un verbo que no encontraremos en el diccionario, pero me parece insustituible para mi experiencia de estos días, que no está siendo solo volver a leer unas páginas, sino volver a callejear, a husmear por los rincones, a recorrer locales públicos y a colarme en estancias privadas, a revisitar, en definitiva, el mágico callejón de Mahfuz.

2 comentarios:

  1. Hola, Beatriz. Yo visito y "revisito" las entradas de tu blog, me interesa todo de él, aprendo y disfruto muchísimo porque coincidimos en muchas sensaciones y emociones respecto a los libros y la pintura.
    Busco con avidez si hay una nueva entrada y cuando la encuentro y la leo, siempre me queda un agradable sabor y esa sensación se repite si la vuelvo a releer.
    Gracias Beatriz por permitirme visitar y revisitar tu página.Guillermina

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  2. ¡Al fin, Guillermina! Te aseguro que, de todos los "visitantes silenciosos", eras una de las que más echaba de menos "oír". Me agradeces que te permita visitar mi blog y a mí me parece al contrario; no sabes la felicidad que da lanzar estos mensajes a las aguas de la red y ver que alguien los recibe. Espero seguirte dando motivos para que entres a visitarme (y a "revisitarme", claro).

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