miércoles, 30 de marzo de 2011

LECTURAS DEL PASADO INVIERNO

Ahora que acabamos de estrenar la primavera, me acuerdo de que creé este blog cuando el recién terminado invierno había dado apenas sus primeros pasos. Una de las secciones que incluí ya desde el principio fue la titulada Lo que estoy leyendo. Rebusco en mis archivos y me encuentro con las breves reseñas que han ido desfilando por dicho espacio durante estos tres meses: son meras impresiones, a veces iniciales, siempre escritas a vuela pluma, sin el menor afán de exhaustividad. Me recuerdan a las listas que elaboraba de adolescente, apuntando escrupulosamente todos los libros que terminaba, con el orgullo de la que acababa de emprender una –entonces ya lo sospechaba- larga vida de lectora. Aquí tenéis, pues, todos reunidos, los libros que me han hecho compañía durante los breves días y largas noches de este invierno que acabamos de dejar atrás.


La mansión, de William Faulkner. Tranquilidad, cabeza despejada, tiempo libre y ganas de desentrañar lo que el autor no te da gratuitamente: eso es lo que la lectura de Faulkner requiere. A cambio, un mundo distinto, visto desde el prisma de una mirada muy especial. Hace años me quedé en el camino en esta singladura, pero esta vez, voy viendo el horizonte al final del viaje.



Cuando el hombre encontró al perro, de Konrad Lorenz. Pues sí: no solo amo los libros y los cuadros, sino también a esas criaturas maravillosas con las que compartimos el planeta y a las que con frecuencia dejamos tan poco espacio para vivir en paz. El premio Nobel de Medicina Konrad Lorenz, infatigable estudioso del comportamiento animal, se dedicó a la observación de muchas de ellas, desde los gansos salvajes que le fascinaban de niño hasta los perros que compartieron su espacio y su vida. Sobre estos últimos articula este libro: sus comportamientos, su relación con sus dueños y su posible encuentro en tiempos remotos con el ser humano, cuando este último todavía no se creía algo distinto que una criatura más.



Apenas un par de páginas, y ya estoy instalada de lleno en la Rusia anterior a la revolución. Criados fieles y longevos, jóvenes que marchan a la guerra, jardines iluminados en la noche, trineos que surcan los campos cubiertos por un manto blanco e inmutable: Nieve en otoño, de Irène Némirovsky.



Un impulso criminal, de P. D. James. Aquí estoy, atrapada en las claustrofóbicas instalaciones de una clínica psiquiátrica en la que se ha cometido un crimen: el clásico policíaco del espacio cerrado por dentro del que el asesino no ha podido escapar. Llevo más de cien páginas conviviendo con el personal sanitario, administrativo, de limpieza y de vigilancia, descubriendo secretos sobre ellos que solo en una situación límite salen a la luz, con el inspector Dalgliesh como maestro de ceremonias. Por cierto: a estas alturas, ni la más mínima idea del móvil del crimen ni, por supuesto, de la identidad de su autor.

Plinio, casos célebres, de Francisco García Pavón. Empiezo con El reinado de Witiza. La clásica pareja del investigador y su ayudante, en versión manchega: aquí el detective es el jefe de policía de Tomelloso, y su ayudante, un veterinario con poco trabajo y muchas ganas de investigar. El sentido común, el humor y las frases lapidarias de la tierra, en torno a un caso realmente intrigante: el cadáver de un desconocido aparece en un nicho del cementerio local que no le corresponde. Y por encima de todo, el hermosísimo lenguaje de García Pavón, que quería escribir novelas policíacas, sí, pero sin perder las formas.

Sunset Park: Como siempre en Paul Auster, golpes de timón que cambian una vida de la noche a la mañana. Un hijo escribe una carta a sus padres explicando que se va a tomar unas breves vacaciones; desaparecerá sin dejar rastro durante siete años. El mismo joven parte de viaje sin apenas equipaje porque va a ausentarse por poco tiempo del apartamento que comparte con la mujer a la que ama. El lector, a estas alturas de la novela, sospecha que no va a volver. El azar, una vez más, rigiendo los destinos. En palabras de Auster: “Sólo otra jugada de dados, entonces, otra bola que ha salido del negro bombo metálico, otra chiripa en un mundo de casualidades y eterno caos”.


El país de las últimas cosas: El infierno, según Paul Auster. Un mundo que se derrumba, una sociedad en descomposición, unos seres lanzados en su empeño de sobrevivir o de morir cuanto antes. No me encontraba con una visión tan alucinada desde El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas de Murakami. Y, por supuesto, ningún escritor me había colocado frente a una humanidad tan al límite, excepto el maestro Saramago, con su Ensayo sobre la ceguera.

Algo flota sobre el agua de Lajos Zilahy. Una familia de pescadores vive a la orilla de un gigantesco río que arrebata vidas o deposita en sus márgenes inesperados dones que trastocan para siempre la rutina de los que habitan junto a él. El agua que fluye como símbolo de la eterna sucesión de los ciclos naturales y de las generaciones. En palabras del autor: “Antes, cuando atravesaba el patio de la casa, le parecía a János ver siempre, junto al pozo, el ataúd de su padre o de su madre, rodeados de gente, y, a menudo, hasta creía oír los salmos funerarios. Pero desde que nació su hijo aquellos recuerdos fúnebres se habían desvanecido como por arte de magia. La vida cogió el picaporte de su casa, que la muerte acababa de soltar”.

Tres novelas cortas de la escritora húngara Agota Kristof, publicadas bajo el nombre de sus protagonistas, los hermanos gemelos Claus y Lucas. En la primera, titulada El gran cuaderno, dos pares de ojos infantiles observan al unísono la cruel realidad de un mundo en guerra, en el que no solo los adultos luchan por imponer su ley. El aprendizaje de la supervivencia y la dureza de la vida, expresado con el estilo conciso y descarnado de las redacciones escolares que los dos hermanos van escribiendo en su “gran cuaderno”. Por cierto: impagable la foto de portada de la edición española, publicada por “El Aleph”.

La prueba, segunda parte de la trilogía protagonizada por los gemelos Claus y Lucas, comienza con la separación de los hermanos y la cruel soledad que sufre el que se queda, Lucas, desgajado de su otra mitad. Ya no son los dos niños los que narran la historia con ese inquietante “nosotros” que iba desgranando las acciones en El gran cuaderno. Ahora es un narrador externo, inmisericorde, el que sigue las evoluciones de Lucas, que se nos antoja media persona, y al que apenas reconocemos sin su imagen reflejada, la del ausente Claus.

La tercera mentira, punto y final de la trilogía de los hermanos Claus y Lucas. Y desde la primera página, la sensación desasosegante de que alguien (en singular o en plural) miente en una de las tres novelas: o los gemelos unánimes de El gran cuaderno, o el solitario Lucas de La prueba, o el recuperado Claus de esta última parte. Las piezas del mosaico no encajan, los personajes que creíamos conocer no existen, la realidad se desvanece. Más que nunca, inquietante Agota Kristof.

Willy G. Christmas no es un vagabundo cualquiera. Carece de casa y familia, pero tiene dos posesiones valiosísimas: una obra literaria contenida en los cuadernos que guarda en la consigna de una estación y su amigo incondicional, un perro inteligente y prácticamente humano que responde al nombre de Mr. Bones. Al borde de la muerte, Willy debe encontrar acomodo para sus dos tesoros. Tierna, divertida, entrañable, una auténtica bocanada de aire fresco: Tombuctú, de Paul Auster.

Un hombre en la oscuridad, de Paul Auster. Un planteamiento inquietante donde los haya: un accidentado que se está recuperando de sus lesiones padece de insomnio y dedica las horas de la noche a inventar historias. Los personajes que crea se encuentran en una situación límite y saben que todo es producto de la imaginación de su creador. La única solución para salvar sus vidas es eliminar al hombre que los ha inventado, al hombre que no puede dormir y que trama historias en la oscuridad.

3 comentarios:

  1. Mi perro se llama Momo, como la novela de Michael Ende. Cumplirá quince años el quince de abril. Me encantaría leer Cuando el hombre encontró al perro; si tendré fuerzas, es otra historia. De momento, no creo que pueda. Ví la película Hachico este invierno, no sabía que estaba basada en hechos reales y cuando ví en internet la estatua de Hachico, en esa plaza de Japón, no puedo explicar lo que sentí. Adoro a mi perro y eso nunca cambiará.

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  2. Yo también tengo una mascota con nombre literario que lleva mucho tiempo conmigo: es un gato, va camino de los trece años y se llama Puck, como el duende del "Sueño de una noche de verano" de Shakespeare. Por qué le puse ese nombre tan etéreo y juguetón al que es ahora un gato cachazudo y tranquilote requeriría una explicación más larga de lo que me permiten estas líneas. Con respecto a "Cuando el hombre encontró al perro", es un libro que recomiendo vivamente: tiene el encanto y la ternura del que ama a los animales, pero sin caer en el sentimentalismo; no en vano es la visión de un científico que dedicó su vida a estudiar el comportamiento animal (lo cual no le impidió querer mucho a sus compañeros caninos). La historia del fiel perro japonés Hachico a mí también me enternece especialmente. Ya ves, Loli: seguimos tirando del hilo y descubriendo que tenemos muchas cosas en común.

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  3. Sí, es cierto. Leo tus comentarios y para mí siempre das en el clavo. El problema principal en estos momentos es que creo que no podría ni leerme el vademecum veterinario canino, si es que existe; me temo que Momo ha desgranado la mayoría de sus "flores horarias". Así que Un impulso criminal es perfecto para mí, por la razón que te comentaba en otra de tus entradas. Ahora me voy con Paul Auster, otro de tus muchos regalos, como la historia de tu gato y su nombre.

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