martes, 15 de febrero de 2011

PEQUEÑAS ENSEÑANZAS COTIDIANAS

A veces, una simple incursión en el supermercado da pie a profundas reflexiones. Se puede aprender mucho en la cola de las cajas, como en todos los lugares públicos que nos condenan a la inacción -un vagón de metro, las oficinas bancarias, las salas de espera de las consultas médicas- y en los que, a falta de algo más urgente que hacer, uno se dedica a observar al prójimo.

El otro día bajé a hacer la compra a un supermercado cercano a casa y, mientras esperaba a que me cobraran, noté un leve golpe en la espalda. Distraídamente pedí disculpas a la persona contra la que me había chocado; de reojo vi que era un anciano que se abría paso entre la gente que hacía cola para pagar, en busca de la salida. Noté que me dirigía una mirada recelosa, y lo supuse algo molesto conmigo por el leve encontronazo. Entonces oí la voz de la señora que esperaba detrás de mí en la cola: “Qué cara tiene la gente, se ha comido tres mandarinas y ahora se va así, como si nada”. Busqué con la vista al ladronzuelo que huía y alcancé a ver un chándal de tonos desvaídos y una espalda algo encorvada que se perdía ya calle adelante. Comprendí entonces su expresión de recelo: yo había estado a punto, con mi gesto involuntario, de cortarle la salida. La señora seguía rezongando, esperando mi asentimiento, y yo me limité a musitar una respuesta de compromiso, agradeciendo que llegara ya mi turno de colocar la compra sobre la cinta transportadora. Resignada a que nadie le hiciera eco, la señora proseguía con su discurso de condena: “Yo nunca lo haría, no sería capaz, no”. Pagué y empecé a meter mi compra en bolsas, reflexionando sobre lo fácilmente que condenamos los que no pasamos necesidad alguna. Estaba imaginándome a mí misma saciando el hambre con unas frutas engullidas apresuradamente y a escondidas cuando algo llamó mi atención. Era el turno de pagar de la señora que se había indignado con el robo de las mandarinas; cuando la cajera había pasado más de la mitad de sus productos, la señora la detuvo con un gesto y le preguntó: “¿Cuánto llevo hasta aquí?” La chica le informó de la cantidad que llevaba gastada; tras unos segundos de reflexión, la señora le dio orden de que pasara el resto de la compra. Recogí mis bolsas y allí la dejé, rascando las monedas de su billetero medio vacío. Salí a la calle pensando en la verdad de su afirmación: ella nunca robaría unas mandarinas, en efecto, aunque tuviera necesidad de hacerlo. Podía afirmarlo, porque sabía muy bien de lo que hablaba.

Mientras volvía a casa arrastrando con dificultad mi compra, me vino a la cabeza un cortometraje que vi hace unos años. Estaba incluido en una película titulada ¡Hay motivo!, obra de una treintena larga de directores que a través de pequeñas historias intentaban reflejar los aspectos de la realidad española que, a su juicio, más se deterioraron durante el anterior gobierno. El cortometraje al que me refiero era el dirigido por Isabel Coixet: de todo el crisol de historias que componían la película, fue la que más me gustó y prácticamente la única que recuerdo al cabo de los años. En ella, una persona joven, creo recordar que un chico, tiene la costumbre de ayudar a una vecina anciana a subir hasta su piso el carro de la compra, porque la mujer vive en un edificio sin ascensor. Lo lleva haciendo ya tiempo y ambos están acostumbrados a ese pequeño detalle simpático y solidario. Pero en los últimos tiempos, el joven empieza a notar algo raro: cada día le cuesta menos llevar el carro en vilo escaleras arriba, porque la compra de su vecina cada vez pesa menos. Ese detalle aparentemente sin importancia le hace comprender que, con su pensión insuficiente, la anciana está condenada a pasar necesidad. Un objeto insignificante es capaz de resumir toda una tragedia personal. Isabel Coixet y su habilidad –tan femenina, dicen- para bucear en los detalles. Mientras evocaba su sencilla y conmovedora historia, metía yo en el ascensor de mi casa mis bolsas de la compra, repletas a rebosar.

3 comentarios:

  1. ¡Qué triste! Cuantas angustias detras de la verguenza. Lola

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  2. No hay nada más fascinante en el mundo que observar con empatía a los demás. Un gesto, una palabra resume toda una historia y todo un anhelo.
    Bella reflexión.

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  3. Eso es al fin y al cabo, Manuel Jesús, lo que hacéis los fotógrafos, al menos los buenos: observar con empatía a los demás a través del objetivo de vuestra cámara. Un gesto, un objeto, una sombra, resumen también toda una historia, una vida entera. Gracias por pasarte por aquí.

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