viernes, 21 de enero de 2011

HISTORIA CON MINÚSCULA

Desde niña me gusta la Historia y siempre la he estudiado con interés. Aun así, en un sueño recurrente, me encuentro a mí misma presentándome a un examen de Historia de 3º de BUP, rodeada de adolescentes, porque a mi más que cumplida edad resulta que aún tengo esa asignatura pendiente. Creo que mi subconsciente me quiere decir que nunca he extraído lo fundamental de esa disciplina, que me he centrado en lo anecdótico y no he llegado a captar lo que de verdad importa. Pero es inevitable: las pequeñas historias (escrito esta vez con minúscula) se me quedan prendidas, soy capaz de recordar sin esfuerzo los gustos personales de un monarca o lo que su esposa hacía en privado. Lo trascendental para el destino de sus miles de súbditos, su política exterior o sus alianzas matrimoniales, lo estudio y lo olvido, lo vuelvo a estudiar y se lo lleva el viento. Debía de andar yo por los dieciséis años cuando mi profesora de Historia comentó en clase que la reina Bárbara de Braganza tenía el sorprendente hábito de fumar en privado. No lo he olvidado. Lo que mientras tanto estaba haciendo su esposo, el rey Fernando VI, eso es otra cuestión.

He aquí una de esas pequeñas historias que leí hace tiempo y he conservado en la memoria: Una anciana que ha dedicado su vida a la pintura y un joven que inicia su carrera artística se encuentran en Palermo en 1623. Las vidas de ambos están asociadas a países distintos de los que los vieron nacer. Ella es hija de una familia noble italiana y ha maravillado durante años a la corte española de Felipe II con su extraordinaria habilidad como retratista. Él es discípulo del gran Rubens y desarrollará una brillante actividad en la corte inglesa, también como pintor de retratos. Cuando se encuentran, ella pasa de los noventa años y ya no puede pintar porque la vista se le ha debilitado mucho; aun así, disfruta charlando con su joven visitante. Cuando este le enseña alguno de sus cuadros, ella tiene que acercarse mucho al lienzo para conseguir distinguir algo. Él le hace dos retratos y ella le da indicaciones para que las sombras no le marquen demasiado las arrugas. Ella es Sofonisba Anguissola, cuyo nombre se tragarán a su muerte los libros de arte y cuyas obras serán atribuidas con frecuencia a contemporáneos masculinos. Él es Anton Van Dyck, que alcanzará la fama en vida y en la posteridad.

Esta hermosa escena la relata Ángeles Caso en su no menos hermoso libro Las olvidadas, repertorio de vidas de mujeres que probablemente habrían ocupado un lugar en los libros de Historia de haber nacido hombres. Humanistas, visionarias, artistas y religiosas que además de su lucha particular con el conocimiento, la fe o los pinceles tuvieron que afrontar su ingrata condición femenina. Lo leí hace años y se me ha quedado grabado por encima de todo lo demás este entrañable encuentro entre la anciana casi ciega y el joven impetuoso que quiere aprender de su experiencia. El libro contendría otras historias más grandes y trascendentales, supongo, pero mi memoria escogió esta escena mínima y conmovedora. Mi cerebro se queda, como siempre, con el detalle sentimental. Tal vez por eso la profesora de Historia de mis dieciséis años me sigue convocando a examen en sueños.

 Los dos rostros protagonistas de esta historia:
la anciana Sofonisba y el joven Van Dyck, pintados ambos por este último.

Casi siete décadas antes, los por entonces agudos ojos de Sofonisba Anguissola
captan toda la espontaneidad y la gracia juvenil de sus hermanas:
La partida de ajedrez (1555).

4 comentarios:

  1. A mí también me gustan las historias con minúscula... La de Sofonisba me ha recordado la de Artemisia Gentileschi, otra pintora “olvidada” y recordada por Ángeles Caso en su libro. Me impresionó leer su dramática vida: su padre, famoso pintor, la recluyó y sometió a un humillante juicio, tuvo un matrimonio desgraciado, sufrió desprecio social y celos profesionales… Y aquí va la “pequeña historia”: su anciano padre, incapaz de terminar un importante encargo, le pidió ayuda y… ella, aparcando rencores, acudió a pintar con él. Nos queda este gesto humano de una mujer que, lamentablemente, no tuvo la suerte de demostrar su calidad como artista…
    Choni

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  2. Tu comentario me ha disparado la imaginación, Choni, y se me vienen a la cabeza ya no historias con minúsculas, sino diminutas anécdotas perdidas en la vida de grandes personajes. Te dedico la entrada del blog que acabo de escribir y que se titula "El mismo cristal". Y gracias por volver a asomarte a este espacio.

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  3. ¡QUE RABIA ME DA QUE POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS MUCHAS MUJERES CON TALENTO NO HAYAN PODIDO DESTACAR SOLO POR SER MUJERES!
    UNA BUENA HISTORIA POR CIERTO =)

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  4. Se te nota mucho la juventud, querido cuervo guerrero y, sin embargo, sensible, en la impetuosidad de tus comentarios. Me alegra que te guste esta historia, a la que le tengo especial cariño. Te recomiendo que leas el libro que me la hizo conocer: "Las olvidadas", de Ángeles Caso. En él encontrarás otras muchas historias de mujeres de talento arrinconadas por su condición femenina. Si te interesa, lo tenemos en la biblioteca del instituto, esperando a alguien sensible y combativo como tú.

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