martes, 25 de enero de 2011

AQUELLOS MARAVILLOSOS CÓMICOS

Hoy voy a contar una historia que, para variar, no he sacado de un libro ni de un cuadro, sino que me sucedió a mí, hará algo más de diez años. Formaba yo parte por aquel entonces de las ruidosas y alegres huestes de un grupo de teatro de calle, de esos que instalan sus tablados por pueblos y ciudades de España emulando a los tradicionales cómicos de la legua. Con frecuencia nuestro trabajo consistía en animar unos popularísimos y concurridos mercados medievales (más adelante también barrocos, e incluso alguno llamado altisonantemente “de las Tres Culturas”). Íbamos, por lo tanto, acompañando a un nutrido grupo de artesanos que, ataviados con ropajes que evocaban una antigüedad un tanto indeterminada, ofrecían sus productos a los asistentes en unos puestos montados a menudo con absoluto primor. El grupo de teatro de calle lo componíamos malabaristas, bailarinas, acróbatas, zancudos, músicos y algún actor de los de escuela que andaba en esos momentos haciendo la calle porque los escenarios cerrados se le resistían un poco. Ese era mi caso: cuando ingresé en el grupo sabía mucho de Shakespeare y tenía nula idea de las peculiaridades de la actuación en plena calle, pero con el tiempo fui desarrollando mis estrategias y aprendí incluso a manejar las mazas en un número de fuego, lo cual tiene considerable mérito en una persona tan cobarde como yo. Los años que estuve con estos cómicos los recuerdo con cariño infinito. Eran ruidosos, espontáneos y desvergonzados; improvisaban con perfecta desenvoltura en la situación más adversa, y llevaban una vida tan dura que nunca tenían tiempo ni fuerzas para ensayar. Salir con ellos a un tablado o a una plaza pública era encomendarse al dios de los comediantes y rezar para que si las cosas salían mal, fueran al menos controlables. No siempre era así, pero nos divertíamos. Intensa y desahogadamente. Pasábamos mucho frío y mucho calor, descargábamos furgonetas llenas de trastos, decorábamos plazas y callejones, dormíamos la siesta en cualquier rincón improvisado, conducíamos de madrugada al borde de la extenuación. Mi convivencia con ellos se saldó con una lesión múltiple de espalda que me tuvo de baja más de un mes y que aún me pasa factura. Pero el caso es que me divertía. Como pocas veces me he divertido en mi vida.

La historia que pretendo contar sucedió en un mercado medieval de un pueblo cercano a Madrid, un sábado por la noche. Se había celebrado una boda y nos habían contratado para animar la consiguiente cena. Era un trabajo añadido a toda la jornada en el mercado, y los cómicos caminábamos un tanto mohínos hacia el lugar donde nos habían convocado, cuando pasó junto a nosotros la comitiva de invitados. Estos iban también disfrazados a la moda medieval, y andaban mucho más animados y ruidosos que nosotros. Nos adelantaron sin prestarnos gran atención, pendientes de sus propias canciones, gritos y bromas. Destacaba especialmente entre ellos un hombretón disfrazado de guerrero que iba ya completamente borracho y que rugía mientras jugaba a perseguir y a dar golpes blandiendo un hacha de juguete. Lo reconocí en seguida: era un actor joven que tenía ya por aquel entonces una sólida carrera consolidada en el cine español y que empezaba a despuntar más allá de nuestras fronteras. Había sido laureado en varias ocasiones, y en el futuro habría de serlo mucho más.

Llegamos al lugar donde iba a celebrarse la cena y comenzamos nuestra actuación. Habíamos hecho muchas cenas medievales, a esas alturas, y haríamos después muchas más, pero no creo que ninguno de los que esa noche formábamos el elenco hayamos olvidado esta. El ruido ambiente era, en verdad, digno de una francachela medieval. Entre los asistentes había golpes, alaridos, rugidos. Orquestaba el escándalo el joven y laureado actor. Yo hacía el papel de dama anfitriona y salía a hacer las presentaciones con un compañero que ejercía de esposo. No pudimos hacernos oír. Se nos recibió con un escándalo digno de circo romano; en verdad salimos huyendo mi colega y yo como si nos persiguieran los leones. Los compañeros malabaristas no tuvieron mejor suerte; los que seguimos su actuación desde el camerino improvisado escuchábamos, aterrados, las imprecaciones con que eran saludados sus números y sus chistes. La bailarina de danza oriental hizo gala de un singular arrojo cuando salió a actuar flanqueada por los músicos. Los que nos quedábamos entre bastidores la miramos salir como si partiera a la guerra. No sé si fue el compañero que hacía de mi esposo o yo quien se negó a volver a actuar. Hubo que cambiar el programa previsto: nada de recitados, nada de poemas ni canciones; solo la dulzaina y la percusión conseguían hacerse oír por encima de aquel infierno sonoro. El actor laureado andaba, a aquellas alturas de la cena, en el culmen de la euforia etílica y atronadora. No recuerdo cómo acabó la velada: solo sé que, cuando horas después caminábamos vestidos de calle y desmaquillados por el mercado desierto, descubrimos a lo lejos al ya más que mencionado actor hurgando bajo las lonas de los puestos de los artesanos y escamoteando mercancías. No sé si mi memoria ha querido adornar la escena, pero lo recuerdo robando una maceta con una planta. Una de las cómicas le lanzó un insulto con su voz poderosísima bregada en más de mil plazas. Quiero creer que él se asustó.

Poco más. Al día siguiente, alguien del grupo nos informó de que el famoso y laureado actor nos enviaba sus disculpas, no recuerdo a través de quién. Nosotros, los cómicos, continuamos con el segundo día de mercado, y al llegar la noche, llenamos hasta los topes la furgoneta y nos marchamos de allí. He vuelto alguna vez a ese pueblo. No me coge lejos, y circunstancias de la vida me han vuelto a llevar a él. Me ponen melancólica esas calles que recorrí vestida de dama, en las que vi volar los aros y las mazas, en las que resonaron la dulzaina y los tambores y relumbraron los números de fuego y atronó la pirotecnia ante el asombro de niños y mayores. Ahora que soy una persona seria que solo se disfraza por Carnaval y a la que la espalda no le duele más que cuando va a cambiar el tiempo, soy especialmente sensible a este tipo de recuerdos.

Dos visiones de los cómicos ambulantes:
la alegría y el colorido en Francisco de Goya,
la tristeza y el cansancio en Honoré Daumier.

A guisa de posdata: Escribo sobre estos recuerdos precisamente hoy porque esta mañana en la radio he oído que el laureado actor de mi historia ha sido nominado para una distinción aún más alta que las que ya atesora. No es extraño: no le falta el talento. Al poco de protagonizar esta historia sin importancia, empezó a recibir galardones de altura. Precisamente en el discurso que pronunció al recibir uno de ellos afirmó emocionado que quería compartir su premio con sus amigos los cómicos. No esperábamos menos de él.

1 comentario:

  1. Esta entrada, aparte de lo ameno de su lectura (siento el mal rato que tuviste que pasar Bea, pero yo me lo he pasado pipa leyendo toda la historia), viene a poner un vivo ejemplo de las contradicciones constantes del ser humano. Además, me recuerda todos los mercadillos medievales que he visitado. El más auténtico en Tres Cantos. En un entorno inmejorable, el de Toledo. En casa tenemos una varita de hada de madera con cintas de colores de raso de purpurina, hecha totalmente a mano, como recuerdo del último visitamos.

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