lunes, 31 de enero de 2011

CON ZAPATOS NUEVOS

Llevo un tiempo dándole vueltas a la idea de escribir esta entrada, desde que el pasado día 25 apareció publicado en la red un comentario sobre mi libro de relatos Los muertos, los vivos. Me asaltaban impulsos encontrados: por un lado, la alegría me empujaba a dar difusión a la noticia a los cuatro vientos; por otro, la discreción o la modestia o llámese como se quiera, me inclinaba a callar. Durante un tiempo ha vencido este último impulso y he dejado a la agudeza visual y a la capacidad de observación de cada cual la posibilidad de encontrar el enlace a dicho comentario en un rincón de este blog. Difícil equilibrio: contenta como una niña con zapatos nuevos, pero con vergüenza de mostrarlos demasiado. Hay que ver qué extraños recovecos, los de la psicología humana. ¿Qué es lo que ha inclinado finalmente la balanza hacia uno de los dos lados? El agradecimiento a la autora del ya más que mencionado comentario. Ella se merece que se le preste la atención debida. Pero empecemos por el principio de los tiempos, como diría el sin par Manolito Gafotas.

sábado, 29 de enero de 2011

POR QUÉ ME GUSTA LA NOVELA NEGRA

Los que me conocen saben que soy una persona cívica y respetuosa de las normas, capaz de perder muchos minutos dando vueltas a la manzana para no dejar el coche mal aparcado o de acarrear todo tipo de desechos en los bolsillos hasta encontrar una papelera. Mi respeto a la vida en general –también, por supuesto, la de esos pequeños y grandes seres que comparten con nosotros el planeta- es absoluto. De niña me enseñaron que no se podía hacer daño a ninguna criatura, y lo he aplicado puntualmente: recuerdo a mi abuela invitando con amabilidad, con la ayuda de un pañuelo, a una araña de considerable tamaño a abandonar nuestro apartamento de la playa, mientras me explicaba –yo debía de andar por los ocho años- que no se le podía hacer daño porque era “una criatura de Dios”. Mi abuela, que no era una mujer en absoluto religiosa, tenía esa simpatía franciscana por los seres vivos en general, y yo la he heredado de ella. Vamos, que en mi caso es literal lo de “no haber matado una mosca”. Por qué, entonces, una persona tan inofensiva como yo disfruta de esa manera con las historias de crímenes.

miércoles, 26 de enero de 2011

EL MISMO CRISTAL

Este verano andaba yo husmeando en nuestro Siglo de Oro (y realmente, hay mucho donde husmear) porque me rondaba una idea para una novela, cuando encontré datos sobre una escena que me resultó deliciosa. En una de las múltiples academias literarias que se celebraban en la Corte por esta época, en las que escritores de mayor y menor talento se reunían a hacer alardes de ingenio, competir, disputar y escribir pullas sobre los ausentes, el gran Lope de Vega se dispone a leer a la concurrencia unos versos que ha compuesto para la ocasión. Pero se encuentra con un problema: le falla la vista y no lleva encima unos lentes que le ayuden a salir del paso. Menos mal que en la sala se encuentra un novelista enjuto con el que no se lleva nada bien, pero que acude en su ayuda prestándole sus anteojos. Este segundo escritor con problemas de vista es don Miguel de Cervantes. El mismo Lope dará cuenta del episodio con mucho humor: “Yo leí unos versos con unos anteojos de Cervantes, que parecían huevos estrellados mal hechos”. Los dos mayores talentos literarios de la época –con permiso de Francisco de Quevedo- mirando el mundo a través del mismo cristal. Aunque, considerándolo bien, Quevedo habría podido unírseles y poner a contribución del grupo sus célebres anteojos.

martes, 25 de enero de 2011

AQUELLOS MARAVILLOSOS CÓMICOS

Hoy voy a contar una historia que, para variar, no he sacado de un libro ni de un cuadro, sino que me sucedió a mí, hará algo más de diez años. Formaba yo parte por aquel entonces de las ruidosas y alegres huestes de un grupo de teatro de calle, de esos que instalan sus tablados por pueblos y ciudades de España emulando a los tradicionales cómicos de la legua. Con frecuencia nuestro trabajo consistía en animar unos popularísimos y concurridos mercados medievales (más adelante también barrocos, e incluso alguno llamado altisonantemente “de las Tres Culturas”). Íbamos, por lo tanto, acompañando a un nutrido grupo de artesanos que, ataviados con ropajes que evocaban una antigüedad un tanto indeterminada, ofrecían sus productos a los asistentes en unos puestos montados a menudo con absoluto primor. El grupo de teatro de calle lo componíamos malabaristas, bailarinas, acróbatas, zancudos, músicos y algún actor de los de escuela que andaba en esos momentos haciendo la calle porque los escenarios cerrados se le resistían un poco. Ese era mi caso: cuando ingresé en el grupo sabía mucho de Shakespeare y tenía nula idea de las peculiaridades de la actuación en plena calle, pero con el tiempo fui desarrollando mis estrategias y aprendí incluso a manejar las mazas en un número de fuego, lo cual tiene considerable mérito en una persona tan cobarde como yo. Los años que estuve con estos cómicos los recuerdo con cariño infinito. Eran ruidosos, espontáneos y desvergonzados; improvisaban con perfecta desenvoltura en la situación más adversa, y llevaban una vida tan dura que nunca tenían tiempo ni fuerzas para ensayar. Salir con ellos a un tablado o a una plaza pública era encomendarse al dios de los comediantes y rezar para que si las cosas salían mal, fueran al menos controlables. No siempre era así, pero nos divertíamos. Intensa y desahogadamente. Pasábamos mucho frío y mucho calor, descargábamos furgonetas llenas de trastos, decorábamos plazas y callejones, dormíamos la siesta en cualquier rincón improvisado, conducíamos de madrugada al borde de la extenuación. Mi convivencia con ellos se saldó con una lesión múltiple de espalda que me tuvo de baja más de un mes y que aún me pasa factura. Pero el caso es que me divertía. Como pocas veces me he divertido en mi vida.

viernes, 21 de enero de 2011

HISTORIA CON MINÚSCULA

Desde niña me gusta la Historia y siempre la he estudiado con interés. Aun así, en un sueño recurrente, me encuentro a mí misma presentándome a un examen de Historia de 3º de BUP, rodeada de adolescentes, porque a mi más que cumplida edad resulta que aún tengo esa asignatura pendiente. Creo que mi subconsciente me quiere decir que nunca he extraído lo fundamental de esa disciplina, que me he centrado en lo anecdótico y no he llegado a captar lo que de verdad importa. Pero es inevitable: las pequeñas historias (escrito esta vez con minúscula) se me quedan prendidas, soy capaz de recordar sin esfuerzo los gustos personales de un monarca o lo que su esposa hacía en privado. Lo trascendental para el destino de sus miles de súbditos, su política exterior o sus alianzas matrimoniales, lo estudio y lo olvido, lo vuelvo a estudiar y se lo lleva el viento. Debía de andar yo por los dieciséis años cuando mi profesora de Historia comentó en clase que la reina Bárbara de Braganza tenía el sorprendente hábito de fumar en privado. No lo he olvidado. Lo que mientras tanto estaba haciendo su esposo, el rey Fernando VI, eso es otra cuestión.

martes, 18 de enero de 2011

ESA DELICIOSA ENCRUCIJADA

Me encuentro en una circunstancia feliz que se repite periódicamente en mi vida y que no me resisto a comentar aquí: estoy a punto de terminar el libro que me ha acompañado los últimos días y me dispongo a elegir cuál será el próximo. Así de sencillo, pero así de gozoso. Sin duda, los que aman la lectura me entenderán a la perfección.

jueves, 13 de enero de 2011

EL CAMINO DE LA ROSA

Hace unos días publiqué una entrada sobre los libros que llegan a nuestras manos desde lugares distantes y que traen, además del contenido que se espera de ellos, una historia añadida de manos y vidas por las que han pasado previamente. Uno nunca sabe, cuando da la orden de “publicar entrada”, si sus palabras van a interesar o no a alguien. Pero el caso es que ese artículo en seguida recibió comentarios, y las estadísticas del contador –chivato maravilloso- me señalan que se ha convertido en uno de los más leídos. Quizá por eso le he estado dando vueltas al tema y me he acordado de una historia que oí hace años sobre la singular trayectoria de otro hermoso objeto.

martes, 11 de enero de 2011

UNOS DÍAS MÁS CON BRUNETTI

En el club de lectores de Valmojado tenemos una costumbre que empieza a adquirir la categoría de tradición: la fecha fijada inicialmente para las reuniones se ve modificada con frecuencia por un variado repertorio de razones que, por sí solo, podría dar origen a una nueva entrada de este blog sobre lo azaroso de la existencia humana. Dado que, una vez más, nos hemos visto obligados a posponer la próxima tertulia, que pasa del día 17 al 24 de enero, aprovecho esta semana de prórroga para tomarme las cosas con calma (no está mal) y para demorarme unos días más en los paseos por la brumosa Venecia en compañía del comisario Brunetti (no está nada, nada mal).

viernes, 7 de enero de 2011

LIBROS VENIDOS DE LEJOS

Con frecuencia hago encargos a librerías de viejo. Maravillas de este mundo globalizado nuestro: uno busca, por ejemplo, un tomo de una vieja enciclopedia de su infancia, y a un golpe de clic, se encuentra en la pantalla del ordenador con que existen ejemplares en una librería de Madrid, en otra de Valencia, en una de un pueblecito cercano a Londres, en otra de Buenos Aires. Cuando llega el paquete, siempre resulta emocionante. No es como recibir un libro nuevo; ahora estamos ante un objeto que ha pasado por distintas manos, por estanterías, mudanzas, trasteros, almacenes, oficinas de correos. Uno corre el riesgo delicioso de, al abrirlo, encontrarse con una quiniela de hace cuatro décadas o con una firma de letra infantil estampada en la primera página. Luego viene, en el caso de que el libro sea para regalar, la expresión de sorpresa del destinatario: “¿Pero cómo has podido encontrar…?” Es otra de las delicias de estos libros venidos de lejos. Pero también me gusta hacer encargos a librerías de segunda mano porque en el momento de abrir el paquete me acuerdo inevitablemente de uno de los libros que más me ha emocionado leer.

lunes, 3 de enero de 2011

UNA BOTELLA LANZADA AL MAR

Mentiría si dijera que algún premio no resulta grato para el que lo gana, pero los hay que son especialmente bien recibidos. No se trata solo de una cuestión monetaria o de prestigio, sino también de oportunidad. Hay galardones que llegan, como ciertas personas, en el mejor momento posible, cuando más necesarios son. Es lo que me ha ocurrido recientemente con el Premio de Narrativa Provincia de Guadalajara, que llegó a mi vida el pasado mes de diciembre, tras una larga temporada de mucho trabajo y muy poquita recompensa.