lunes, 27 de diciembre de 2010

UN EX LIBRIS CON HISTORIA

Siempre he querido tener un ex libris. Supongo que nos pasa a todas las personas que amamos los libros. Lo malo es que nunca terminaba de decidir qué imagen utilizar: me gustaban muchas, pero, a la larga, ninguna de forma definitiva. Es como los idealistas que se empecinan en esperar al hombre o la mujer ideal y terminan por quedarse solos. El caso es que yo, finalmente, encontré mi imagen ideal. Lo malo es que estaba enmarcada, protegida por un cristal y colgada en una pared de la sala de exposiciones de la Fundación Mapfre de Madrid. Y tenía, para colmo, la firma de Toulouse-Lautrec. Vaya un problema.

Toulouse-Lautrec creó este cartel en 1895 para la actuación en el Petit Casino de la cantante irlandesa de variedades May Belfort, personaje inquietante, de sexualidad ambigua y peculiar estilo interpretativo. Solía salir a escena vestida como una niña, abrazada a un gato negro y cantando con voz susurrante piezas cuyas letras plagadas de dobles sentidos hacían volar la imaginación de los espectadores, y desde luego no hacia terrenos inocentes. Su actuación no fue muy bien recibida por el público parisino, pero Toulouse la adoptó durante una época como una de sus modelos favoritas. En este cartel, el pintor la representa vestida de rojo y con uno de sus tocados infantiloides, sosteniendo en brazos al gatito que la acompañaba en sus interpretaciones más felices. Pero no es del cartel en sí de lo que me interesa hablar, sino de lo que encontré en su ángulo superior derecho cuando una mañana -casi seguro que de domingo, que era cuando me dedicaba en esa época a tales esparcimientos artísticos- acudí a ver la exposición de la que el cartel formaba parte. Y lo que acababa de encontrar era ni más ni menos que la imagen ideal para mi ex libris.

La muestra se llamaba “Toulouse-Lautrec y el cartel de la Belle Époque”, y estuvo en la sala de exposiciones de Mapfre de General Perón entre abril y junio de 2005. Estaba compuesta, como su título indicaba, por carteles de finales del XIX procedentes de la colección del Musée d’Ixelles. Uno de ellos era el de May Belfort, que yo ya había podido contemplar en alguna otra exposición anterior, pero que esta vez presentaba una peculiaridad: la pequeña silueta de un gato ataviado con una gorguera y que en su ojo derecho contenía el monograma del pintor, una T y una L enlazadas. Aguzad la vista en la imagen precedente, amigos míos, y tal vez consigáis distinguirlo en el ángulo superior derecho. Es la marca que singulariza una serie limitada de veinticinco ejemplares de este cartel, que fueron firmados a mano por el autor, y de los que solo se conservan cuatro en colecciones públicas. Uno, el que tuve la suerte de encontrar aquella mañana –seguramente de domingo- en mi visita a una sala de exposiciones que suelo frecuentar bastante.

El resto carece de importancia, aunque fue laborioso. En Internet aparecían infinitas imágenes del cartel, pero muy pocas de los ejemplares que presentaban la marca del gato, y estas en unas dimensiones tan reducidas que hacían imposible su reproducción. Como había comprado el catálogo de la exposición, me dediqué a escanear y ampliar la esquina superior derecha del cartel. Me salía una imagen más bien borrosa, y en alguna tienda de fabricación de ex libris me contestaron despectivamente que, con semejante material, era imposible hacer un sello en condiciones.

Tuve que acudir a manos más expertas que las mías –lo reconozco, mis limitaciones en este campo son muchas- para reconstruir píxel a píxel la imagen del gatito en cuestión, que a estas alturas parecía estar riéndose de mí, parapetado tras su monumental gorguera. Finalmente, encontré un profesional que afrontó la tarea de crear un sello a partir de la restauradísima imagen digital que yo le suministraba. Y así surgió, finalmente, mi ex libris. Seguro que a estas alturas ya no lo miráis con los mismos ojos. No es un gato cualquiera. Es un gato de Toulouse.

1 comentario:

  1. Me ha encantado la historia de tu ex libris. Aquí siempre hay algo que descubrir. No me dí cuenta del ojo del gato cuando me prestaste Sunset Park. Me encantó el ex libris, y me dí cuenta de su singularidad, pero no me percaté de lo más importante. La importancia de la observación.

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