viernes, 24 de diciembre de 2010

LOS MUERTOS, LOS VIVOS

Muchos de vosotros ya lo conocéis (algunos incluso me habéis dado la alegría de leerlo y de hacerme llegar vuestros comentarios), pero aun así no renuncio a presentaros mi último libro, recién “salido del horno”: el conjunto de relatos titulado Los muertos, los vivos. Lo forman historias que he ido escribiendo a lo largo de los años: la más antigua, la titulada Ángulo muerto, tiene más de una década, y la más reciente, El hombre de piedra, apenas ha cumplido unos meses y se ha colado de rondón, en el último minuto, en un libro que estaba ya a punto de entrar en la imprenta. A los que os preguntéis el porqué de mi obsesión por el tema de la muerte, por esos difuntos que no terminan de irse y que rondan por las casas, las calles y los recuerdos de mis personajes, solo puedo deciros que la insistencia en ese pensamiento nace precisamente del miedo. Hago mías las palabras del protagonista de Ángulo muerto (que para algo es una criatura de mi imaginación y siente como yo):

"De pequeño, cuando regresaba del colegio, subía la escalera rezando para encontrármelos a todos vivos. A mis padres, al perro, a mi hermana. Tenía miedo de que, al entrar en casa, me salieran al paso unos señores de negro, de esos que acuden como buitres cuando alguien muere, pensaba yo, para preparar el cadáver y llevárselo. Luego empezaron los sueños. Los mataba por turno, según el día: unas veces mi padre, otras mamá, mi hermana las menos, por aquello de que la veía muy joven. El perro se nos murió, bien es verdad, pero fue en verano, cuando yo estaba en un campamento, y me ahorré los detalles siniestros. Pasaron los años, y nadie moría en mi familia. Somos pocos, y todos gozamos de excelente salud. Me fui a vivir por mi cuenta, y el miedo que sentía al subir las escaleras de pequeño lo trasladé al teléfono. Y al contestador automático, condenado invento. Cada vez que entro en casa y la lucecita del teléfono me indica que alguien ha llamado en mi ausencia, comienzo a sudar. Levanto el auricular para oír los mensajes y ya estoy pensando: Habrá sido papá, o la tía Isabel, estaba ya mayor, la pobre. Pero nada: en mi familia somos unos campeones de la longevidad. He pasado de los cuarenta sin visitar un tanatorio, y la idea me aterra. No exactamente la de perder a alguien querido, a eso se acostumbra uno con los años, es así y ya está. Es lo otro, los hombres de negro que me imaginaba de chico. Toda esa maquinaria de la muerte. Los funcionarios, los papeles que rellenar, la incineración, la lápida, el testamento, los seguros. ¿Con qué cara y con qué fuerzas se afronta todo eso? Y sobre todo: ¿Cuándo lo averiguaré? ¿Hasta cuándo durará esta espera?"

Para los que no tengáis el libro y queráis haceros con él, os incluyo el enlace de la editorial Torremozas, donde se puede adquirir (también podéis decírmelo a mí… eso tiene la ventaja de que nos obliga a vernos, lo cual está muy bien en estos tiempos navideños). Y por cierto: feliz Navidad a todos.

8 comentarios:

  1. ¡Buenísimo el tema, Beatriz, ya quiero leerlo! Sabes que a mí también me gustan esos temas...súper agarrador el comienzo,
    ¡feliz Navidad desde taos!
    la Te

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  2. Qué alegría, Teresa, recibir tus palabras desde el otro lado del Atlántico (es mágico, esto de la red... a mí aún me cuesta creerlo). Yo también estoy deseando leer tu novela "El difunto Fidel", aunque no sé si podré hacerme con ella, dado que, si no recuerdo mal, la distribución se lleva a cabo en Miami... ¿No habría forma de conseguir un ejemplar desde "el lado de acá", como decía Cortázar? Un beso fuerte y bienvenida.

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  3. Sólo he leido el primer cuento. Lo hice el día 25 esperando a que se evantara el resto de la familia.
    Me gustó, me recordó alguna película de F. Capra de navidad, tratada de otra manera y sin final feliz ¿o sí?

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  4. ¡Al fin, alguien del club de lectores que se anima a dejar un comentario! Gracias, Pedro, por lanzarte el primero a la piscina. Lo que me comentas sobre Frank Capra ya me lo habían dicho alguna vez, pero no sobre el primer cuento del libro, sino sobre otro que leerás más adelante. No te especifico cuál, a ver si tú tienes la misma sensación. Gracias por tus palabras y nos vemos en la próxima reunión del club.

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  5. Serenos e inquietantes, dulces y amargos, tenebrosos y brillantes; permíteme este juego de oxímoron para expresar mi opinión sobre tus relatos, tus deliciosos relatos. No sé, bueno, si sé porqué me quedo con "Un pupitre al fondo del aula".
    Un beso.

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  6. No sabes, Luis, cuánto agradezco tu comentario. Con palabras de aliento así, una da por bien empleadas las horas y horas frente al ordenador y las dioptrías que voy ganando con los años. Y qué decir de mi sorpresa ante tu oxímoron múltiple: desde que dejé la facultad, no suelo encontrarme con gente que maneje ese concepto con tanta soltura. Ah, y yo también sé por qué te quedas con "Un pupitre al fondo del aula". Es lo que tiene, este agobiante y maravilloso oficio nuestro (y ahí va otro oxímoron). Un beso.

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  7. Este blog más que esconder descubre para mí cosas importantes de una persona: ese cuadro que nos sorprendió casualmente, la historia de esa imagen “apropiada” que nos acompaña en libros o fondos de pantalla, ese emocionante viaje de libros perdidos y hallados…. Detalles que hablan más de las personas que las cifras y datos irrelevantes que a veces nos empeñamos en desvelar. Y no pretendo imitar al Principito. De las historias impactantes de tu último libro, te diré que mi retrovisor y mi ascensor se han vuelto inquietantes… ¡Enhorabuena! Me encanta el lenguaje tan limpio y sencillo que usas. Y recordar queridas enciclopedias de infancia. Y evocar ausencias que ocupan un espacio en nuestra vida...
    Un beso, compañera.
    Choni

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  8. Y también hay comentarios que desvelan mucho de una persona. Muchas gracias, compañera. Un beso para ti también.

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