miércoles, 29 de diciembre de 2010

HISTORIAS MÍNIMAS

Reúno aquí tres historias mías brevísimas que llevan tiempo pululando por la red en páginas web de concursos de microrrelatos, como hijas emancipadas y autosuficientes que se acuerdan más bien poco de la que les dio la vida. Aquí las tenéis, por orden de nacimiento, como tres hermanitas de cuento: la mayor, la mediana y la pequeña. No diréis que os robo mucho tiempo, esta vez. 


Yo te llevaré un ventilador. Y una bebida fresca. Tú sólo sabrás quejarte del verano.
          Lo instalaré todo sobre la mesita plegable. Te asombrará mi solicitud. Cuando las aspas empiecen a moverse, la brisa te revolverá el pelo mojado. Te sabrá a gloria, el refresco. No me lo dirás. Para qué. Qué ridículo estarás, en bañador, chapoteando. Me resultará fácil darle un manotazo al ventilador. Más me costará llamar a urgencias llorando. Mi marido, ay, mi marido. Qué esfuerzo, contener la risa.
          Sí, definitivamente, te sacaré el ventilador a la terraza esta misma tarde. De momento, voy a ir llenando la piscina hinchable.

Ganador semanal del concurso “Relatos en Cadena”,
convocado por la Cadena Ser en 2008


No pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando, sonriéndose, burlón. Yo tenía los ojos clavados en mis zapatos, a varios centímetros del suelo. Los segundos pasaban arrastrándose, eternos. Entonces ocurrió el milagro. Alguien gritó: ¡Alfredo!, y el imbécil sonriente se volvió, y yo comencé a volar en mi columpio. Ocurrieron tantas cosas: fui hechicera en la alfombra mágica, y hada surcando el aire, y princesa sobre el dragón. Entonces volví a sentir sus ojos fijos en mí, y me vi en ellos como me veían todos: feúcha, miope, torpe. Sonó el timbre, bajé del columpio. Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo.

Tercer puesto en la final del concurso “Relatos en Cadena”,
 convocado por la Cadena Ser en 2008


PERSECUCIÓN

Apenas subió al autobús, el hombre notó que lo espiaban. Miró alrededor: nadie se fijaba en él. Bajó en la primera parada. Cruzó calles, llegó a un callejón desierto. Fue inútil: aún había alguien allí. Corrió a su casa, entró sin aliento, echó la llave. La misma sensación. Desesperado, gritó al aire: “¿Quién eres?”. Tuve que intervenir. “Soy tu autora”, dije. Pero el hombre desconfiaba. “¿Y el otro?”, preguntó. Creo, lector, que se refería a ti.

Finalista semanal  del Premio Revista Eñe
de Literatura Móvil 2010

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